La muchacha.
Ella era mucho. Y mayor que yo. Llegó como canción que de manera aleatoria se sintoniza en la radio y llegó también demasiado fuerte quizá.
Nos quisimos un montón y también hicimos de hidrometeoros que no dejan de precipitarse hasta que ya no fuimos lluvia y caímos en un abismo.
Ella estaba y yo ya no era. Yo la quería, pero no sabía quererla. Y ella quería quererme todo y de verdad, pero yo no podía.
Era raro, complicado y se sentía tan incorrecto. El fin de semana perfecto tenía forma de pecado; de traición, si así me entienden.
Y ya, se terminó, porque ella, como yo creí que haría, se aburrió de que yo no sepa nada nunca y de quevtodo sea confusión. Porque incluso ella sabe en el fondo que siendo frágil me dejé llevar y la cercanía, la proximidad y la realidad me dieron las ideas equivocadas que ella temía.
No viví lo suficiente antes de ella y no fui responsable en su durante. No la lastimé (al menos eso creo), pero sin duda la decepcioné al no poder ni saber amar plenamente.
Ella está mejor sin mí y yo estoy mejor descubriendo en realidad quién soy. Un crío todavía.