Son las seis y media de la mañana y no he cerrado los ojos para nada desde ayer. Me encuentro en el balcón, fumando el primer cigarrillo del año, que, muy probablemente, también será el último.
A mi lado duermen la mona dos chicas que no conozco y que, por parecer adecuado, no me esforzaré en conocer. Duermen abrazadas a pesar de que, según recuerdo, ellas tampoco se conocen. Alrededor de ellas, sobre toda la sala, los cuerpos que hace unas horas se movían al ritmo de la música reposan sobre el suelo, cubiertos con mantas que, seguramente, el anfitrión ha puesto a disposición de ellos, los invitados, quienes no dan la mínima señal de vida.
Miro entonces por la ventana y alcanzo a ver la víctima de la noche: El árbol de Navidad, con parte de la decoración que quedó. Durante la fiesta lo cargamos, lo llevamos a la calle y lo quemamos, entre todos. Ahora está tirado sobre la acera como un cadáver cualquiera, como un pedazo común de chatarra, nada comparado con lo que fue antes, comparable sí a los cuerpos que yacen en el suelo de aquí.
Genial. El cigarrillo ya se acaba. No importa. No importa porque en el bolso que olvidó la madre del anfitrión sobre la mesa hay de sobra y si fumo uno no será la primera promesa que rompa. Amanece en la ciudad. Amanece un nuevo año. Sonríe, Zeta, tal vez este año puedas ser feliz.
Y pienso en Sandra, mi promesa más grande, mi promesa por cumplir.
Las promesas, estas desconocidas cuando avanza el tiempo.
Salut y espero que el año nuevo tarde en hacerse viejo
¿Promesas? ¿Qué promesas?
¿Quiénes son esas?
Debe tener razón con eso de que se hacen viejas.