La privacidad en el siglo XXI

El mundo había pasado los grandes cambios de las revoluciones industriales, los grandes avances tecnológicos que nos dejaron las 2 primeras guerras mundiales, la aparición del teléfono, la televisión, la computadora personal, el Internet junto con las mejoras en procesadores y microchips dejaban en claro que la era informática traía un gran cambio consigo. La interdependencia de naciones en materia económica, la sociedad y las culturas que se entrelazaban mediante el expandido sistema de comunicaciones en el mundo, hizo que ya ningún país quedará completamente aislado. Lo que provocó que para el año 1999 el Informe sobre el desarrollo humano de la Naciones Unidas dijera: “La vida de la gente de todo el mundo está vinculada de manera más profunda, más intensa y más inmediata que nunca antes. Esto abre muchas oportunidades, da nuevas posibilidades de bien y de mal”

En la actualidad, las personas, alrededor del mundo han renunciado de forma voluntaria y contenta a su privacidad, a lo íntimo, a lo discreto. Y siendo objetivos, no hay más opción que hacerlo. El desenfreno dado por las apariciones de nuevas tecnologías,  una población acostumbrada a las ilusiones de privacidad y seguridad, la ineficiencia de leyes reguladoras e impracticabilidad de las mismas en este campo, sumado a una sociedad cada vez más volcada a lo externo, lo práctico que resulta que todo esté almacenado siendo todo ello el anuncio de la renuncia necesaria a nuestra privacidad.

La televisión, ha llegado a todos los hogares. Se instaló en el núcleo de nuestros hogares para mostrarnos imágenes en tiempo real de otras partes del mundo, ser parte (espectadores) de la experiencia de grandes acontecimientos, y en medio de todo ese proceso durante las últimas décadas nos ha probado sin lugar a dudas, que la privacidad, lo íntimo, es un bien intangible que reporta grandes dividendos cuando es correctamente explotado. Desde saciar la satisfacción de muchos al dar información inaudita y exclusiva de personas de fama mundial, hasta crear personajes e historias televisivas que llenen ese morbo por saber lo ajeno. Desde la farándula local, de escándalos y chismes hasta los programas más vistos en el mundo donde un cantante de rock confiesa su adicción a las drogas o una actriz su embarazo. Nunca es suficiente, el público ha sido condicionado a pedir siempre más y a aceptar información inútil con tal de saber de los otros. Los programas reality, talk show, de farándula, de convivencia y todas sus variantes, venden lo que mejor saben hacer, despojarse de su privacidad y convertirse en “personas de carácter público”. A tal grado se ha expandido esta facilidad de exponer la intimidad de las personas, que incluso las mismas notas periodísticas no se centran en el hecho y el suceso, sino a contar la vida de las personas afectadas. Ya no se trata de un terremoto y lo de que las autoridades no hicieron y un destape de corrupción, ahora se trata de la señora fulana que tiene 5 hijos y lo perdió todo, seguido de un impactante reportaje de su vida. Lo privado se convirtió en el pan de cada día.

La conexión, ese “vínculo profundo” establecido por medios como el Internet, hacen que dar un clic sobre un aceptar sea mucho menos doloroso que ver 10 páginas de un contrato aceptando renunciar a tus fotografías y que la empresa pueda usarlas como bien le parezca, al igual que tu información personal. No interesa que nuestra constitución en el capítulo I artículo 2 bajo varios incisos insista en la protección a nuestra privacidad y derecho a la intimidad o que organismos internacionales como la UNESCO declaren que el derecho a la privacidad es la base de los derechos civiles, cuando lo primero que hacemos es firmar aceptando todo lo contrario.

La oportunidad que nos muestran las redes sociales como Facebook, son encantadoras, tener un círculo de amigos y compartir con ellos información al mismo tiempo que ellos lo hacen, y manteniendo la oportunidad de conocer gente nueva, incluso personas fuera de nuestro continente. Y quien no esté dentro de la red, es visto como una especie de apátrida social, un foráneo y ajeno a la sociedad. La presión social es fuerte, si quieres estar al tanto de los eventos, de los últimos comentarios sobre el fin de semana, o no ser el último en enterarte de lo que sucedió a tal o aquél persona, debes estar dentro. Nadie te llamará a comentarte los sucesos, debes ser parte de la red. Y serlo implica, compartir, publicar, ver y explorar, para eso estás ahí al fin al cabo. En Internet la definición de lo que es privado está sujeto a si se realizó un cambio en alguna configuración. Y aún si alguno lo hiciera, se sigue sumando a la lista de una gran base de datos de cierta empresa, que luego será dado a otra para propósitos comerciales, ya sea de publicidad, o estadística. La expansión de las redes sociales ha sido tan agresiva que no ha dado tiempo siquiera a aprender los cuidados mínimos que se deberían tener, han creado una zona de confort en el ciberespacio. Ya nadie se pone a pensar de qué forma se usarán sus datos, o si siquiera podrá borrarlos. Casi nadie elimina una cuenta de una red o página para emigrar a otra. Y es casi nula la cantidad de personas que envían una carta pidiendo el borrado explícito de su información. La premisa es dejar que otros se encarguen de ello, algún grupo activista, o una entidad reguladora. La irresponsabilidad hacia la propia privacidad se responde con un desinterés desmedido. Incluso están los ingenuos que piensan que por eliminar cierta información está ha desaparecido del mapa. Gwenn Schurgin O’Keeffe en su libro CyberSafe explica: “Lo que ponemos en el ciberespacio nunca desaparece del todo. Debemos verlo como algo permanente, pues siempre habrá por ahí una copia. Sería absurdo creer lo contrario” Y esto no va a cambiar, a la radio le tomó 38 años captar 50.000.000 de usuarios; a la televisión le tomó trece, y a Internet, solo cuatro. Mientras que Facebook captó más de 200.000.000 de usuarios en un período de 12 meses. Nadie parará la adrenalina de estar conectado 24/7 y nadie quiere que pare. Las redes creado la necesidad de ser notado y visto por la mayor cantidad de gente posible. Ahora puedes compartir los lugares que frecuentas, compartir tu ruta hacia tu casa, e incluso permitir que tus contactos te geolocalicen por el móvil. La popularidad ya no se mide por tus logros alcanzados sino por las veces que fuiste visto en la red. Es irrelevante el contenido, importa que eres visto por miles, y el resto solo los seguirá. Lo privado se ha convertido en un antónimo a la red, e irónicamente esta predica que protege la privacidad.

Hoy en día es imposible no usar internet. La navegación es necesaria para muchas ocupaciones, pero si quieres hacerlo debes sujetarte a las normas y políticas de la web que visitas. Muchas páginas te dicen que mientras que permanezcas en línea recolectarán información, pero claro, no debes preocuparte de ello, es solo para ellos y únicamente para ellos. Las agencias de turismo consiguen a quienes hacer ofertas de viajes, que son proporcionadas por aerolíneas. Las agencias de trabajo, mantienen la información de CV por años, incluso cuando la has eliminado de la red. Las operadoras miden tu consumo y así ofrecer mejores planes, miran tu navegación y de esa manera personifican los avisos publicitarios. Pero por supuesto, uno debe creer, que la información recolectada es solo para “ellos” que todo es por tu bien, así que no te molestes y asienta la cabeza. Disfruta lo que te dan. Ya no se trata de elección, no se trata de poder apagar o cambiar el canal en la televisión, ya no se trata de aceptar las condiciones de una red social. Ahora todo se resume en un tirano: “Dame tu información o vete de aquí”

Algunos navegadores han desarrollado versiones privadas de sí mismas, pero siempre aclarando que tu proveedor de servicios mantiene el historial de tu navegación. La bandera en nombre de la seguridad se flamea en alto, nunca se puede dar carta blanca a un ciudadano, todo está cuantificado y cualificado por una serie de medidas proteccionistas. Un buen ejemplo de sacrificar la privacidad por seguridad se vio tras uno de los más famosos atentados terroristas de los últimos tiempos; “Desde el 11 de septiembre, las encuestas revelan que el 86% de los estadounidenses se muestra a favor de una mayor utilización de los sistemas de reconocimiento facial, el 81% quiere un mayor control de las operaciones bancarias y con tarjetas de crédito, y el 68% ve con buenos ojos la creación de un documento nacional de identidad” informaba la revista BusinessWeek. Irónicamente los que más se preocupan por su privacidad son los que quieren hacer mal uso de ella, cosa que obliga a los gobiernos a mirar con lupa indiscriminadamente a sus ciudadanos. Los problemas mundiales en temas en seguridad incitan a la gente a creer que documentos que registren toda la actividad e historial de las personas, será un punto muerto para ellos. Sacrificar la privacidad por seguridad es el nuevo debate. La privacidad es una libertad, y como tal, está en nosotros decidir cómo ejercerla y darle uso, cuidarla y hacer que sea respetada.

La lista de cuestiones continúa, ¿hasta qué grado mi historial médico es secreto? ¿cómo es que los delincuentes consigan mi número de cuenta bancaria? ¿cómo es posible la existencia de bases de datos a la venta? ¿Por qué aparece mi información en Internet si no soy usuario? Las repuestas siguen apuntando a un solo hecho, la privacidad es algo a lo que hemos renunciado ya sea voluntariamente o de forma forzosa. Nadie la puede garantizar, ni siquiera, en la mayor parte de las situaciones, nosotros mismos. Las nuevas generaciones parecen pensar que privado es solo esa opción en la esquina superior de la pantalla que usas cuando quieres que una persona en particular no te vea, mientras los otros 999 te ven perfectamente.

Sucederá

Estoy de pie frente a esa puerta que he visto innumerables veces y he cruzado solo unas cuantas. Es común, no tiene nada de especial a primera vista, pero al llegar la noche y al encenderse las luces del interior, que son suaves y relajantes, lo cual es una opinión personal claro está; transmite la sensación que cruzarás un portal hacia un lugar cálido, placentero, gratificante y satisfaciente. Pero no es de noche, y no hay una luz amarilla de tono suave, ni está el portal, solo la puerta que suavemente va siendo abierta para dar paso a unos ojos brillantes que reaccionan a las primeras luces de la mañana. Algunas aves hacen su saludo matinal, lo cual me permite llegar con una especie de coro, lo cual al mismo tiempo prepara el momento para que me haga un gesto con el brazo llamándome, después de frotarse los ojos, y vaya presto al abrazo que inicia el día. Y esto sería un inicio habitual sino fuera por lo que denominan un presentimiento, de manera popular; corazonada, la versión de las madres, o como lo podrían decir algunos escépticos: el resultado de un conjunto de ideas y procesos mentales que el cerebro confunde como realidades.

Felizmente las ideas ajenas duran poco al lado de ella. Después de algunas preguntas de rigor y dejándome con ganas de continuar el abrazo por todo el pasillo, nos disponemos en la sala. La que es lo suficientemente cómoda para nuestras actividades habituales, como es la de armar rompecabezas y construir cosas. Una maravilla del mundo por aquí, otra del mundo antiguo por allá, quizás una arquitectura por aquel lado. Mientras que en cada armable voy viendo que tan mal se me dan aquellas cosas, voy enterándome de esa marca en la piel que le dejó la almohada, el cabello que insiste en no quedarse tras su oreja, y el tentador mover de sus labios. Estoy seguro que habían palabras en ellos, pero renuncié a entender cuáles eran cuando se acercaron demasiado y les dí alcance con los míos. Y nos sumergimos en el silencio de suaves caricias, mientras que poco a poco una respiración agitada y sincronizada reemplaza el crujir de los cartones que ahora están dispersados en el suelo. Los labios se separan para extrañarse y se vuelven a buscar, chocándose y amortiguándose. Se rozan, juegan, muerden y se encargan de acariciarse de formas que van despertando cada músculo del rostro, comprobando que no hay mejor droga que aquellos choques que ya involucran a nuestras lenguas.

Creo que aplasté algo al momento de inclinarme sobre ella, quién dejándose hacer, recibe el recorrer de mis manos con suspiros. Las yemas de mis dedos empiezan a dibujar el camino por su cuerpo desde su cuello, al cual de cuando en cuando hago incursiones para darle besos y recorrerlo dejando una fina marca de agua; y de esta mis manos siguen el sendero hasta sus prominentes pechos, que en honor a la verdad me tomé el tiempo de dejar en claro que era territorio no negociable. El final está en el horizonte, supongo que alguien debe haber dicho eso antes. Y siguiendo esa premisa me desapego a la sensación de suavidad para seguir bajando por su vientre mientras recorro todos los tramos con los dedos, cada uno siendo independiente del otro, pero todos dejando una marca firme cual seguir. La agitación sigue en crecimiento, y hay mucho trecho que recorrer aún. Ella permanece recostada sin oponer resistencia ante mis caprichos, hasta que su entrepierna siente, por encima de las prendas, la presión de mis dedos viajantes causantes de un estremecimiento seguido de un arrebato de un beso mucho más violento.

Sus muslos son de fácil captura, y me aseguro de ser un opresor gentil. Para luego llegar hasta la punta de los pies y dejar algunas muestras del pulgar. Retornando de forma inmediata por sus piernas, rodeándola con toda la palma y apretando sus glúteos, sintiendo la simetría de estos que van siendo de las últimas ideas que recuerdo, antes de ceder totalmente al libido. En donde no demoro en caer. Y es que toda analogía bélica desaparece cuando veo su rostro jadeante, y una mirada decidida a contraatacar.

Va por mi cuello de forma contundente, recorriendo el camino hasta mis oídos donde provoca un pulso eléctrico por todo mi centro nervioso. Me siento desarmado y paradójicamente la presión en mis pantalones indica que estoy totalmente preparado. Se pone de pié, y terminamos en la habitación. He de firmar la capitulación, soy suyo y ella es completamente mía. Sus ojos me lo dicen y el rubor de sus mejillas y el sudor entremezclado de nuestros cuerpos y su mirada extasiada que no hace más que provocarme más y el vaivén de sus pechos y el calor de su cuerpo y el brillo de su piel y los jadeos que siguen haciendo eco y sus pupilas dilatadas que me llaman a recorrer su piel, por cada una de las sendas que me encargué de dibujar y la humedad de nuestros miembros que parecen haber esperado una vida para terminar en un clímax en el fondo de un pozo de líquidos brillantes entremezclados por el movimiento de nuestras caderas.

All this feel good, feel right.

El reloj marca un poco más de las 9 de la mañana, cuando ese extraño presentimiento inicial retorna avisándome que algo sucederá.  Sé que algo pasará, pero mientras ella se recuesta caprichosa a dormir, me arrebata cualquier pregunta del qué y del cuándo. La acaricio ligeramente, tratando de imitar una corriente de viento, le deseo el bien en un susurro y me decido dejarla descansar. Así que ahora la sigo en el camino del sueño hundiéndome en sábanas, para concluir que esa es la sensación con la que me debo quedar,  la sensación que acabo de cruzar un portal hacia un lugar cálido, placentero, gratificante y satisfaciente.

Treasure

Lo preciado. Eso es un tesoro. Lo pones en un lugar alto, para que los demás lo admiren se maravillen o envidien. Puede ser que lo ocultes en lo profundo, lo protejas, lo reserves para tu mirada y en secreto te jactes. Quizás es algo que no puede ser tocado ni visto ni explicado, y al mismo tiempo valer por todos los tesoros del mundo (o al menos de eso te convences). Están los que no se tienen pero se anhelan, los que se buscan de forma incansable, sacrificada, esos que nunca tendrás (y a veces sí; relájense optimistas). Por otro lado están los tesoros que no tienen otro propósito más que existir. No se exhiben, tampoco los escondes, los tocas de cuando en cuando y nadie en particular los anhela. De esos, muestro tres. Que solo están ahí, esperando estar allá.

pa-wp

Colgando y descolgándose a gusto en una esquina de la cama, aquella casaca verde que en otrora me hizo compañía cierta noche de invierno para que de forma discreta con el cuello en alto, ocultara la mano invasora que solo se retiraba para volver en la forma de un cálido abrazo.

En un cajón de escritorio, una roca descansa. Cuya llegada no fue preparada como sus predecesoras, sino que terminó infiltrándose a mi habitación como consecuencia del más reciente enfrentamiento de bandas. Siendo una pequeña muestra visual de la falacia en la que se vive.

Por último, cómodo (yo supongo) entre columnas de folders que a nadie le importa revisar, se encuentra el manual de lo que se convirtió en el último vestigio de juguetes de la infancia, que en alguna mudanza se empeñaron en desaparecer.

Trinidad de tesoros que, ante la vista acostumbrada al mismo escenario polvoriento y enmarañado, se ocultan. Permaneciendo por el capricho descuidado de quién se acuesta un sábado, despierta un miércoles y termina las labores de limpieza un domingo.

El adversario

“Como el último enemigo, la muerte ha de ser reducida a nada” (1 Cor. 15:26; Traducción del Nuevo Mundo)

El contraste resalta lo bello. Si algo a simple vista parece ordinario, hay que seguir observando, y encontrar lo bello que resulta. Lo bueno (entiéndase por beneficioso, gratificante, satisfaciente) se alcanza por comparación. Y el contraste, vuelvo a decir, resalta lo bello.

Ya que vengo poniéndonos en tableros, entre piezas y posiciones, toca ver quién está del bando de las negras. Aquí hago una pausa para el despistado, explicando que todos somos del bando de las blancas, pues damos el primer movimiento con nuestra primera  decisión y asumiendo que nuestros actos tienen consecuencias. Seguro que alguien argumentará alguna variante de: “la vida comienza mucho antes de que siquiera podamos decidir” Entonces diré, el ajedrez se juega de a dos. Y hasta que entremos al ruedo, somos parte del juego de otros.

Aclarado, vamos a lo que nos preocupa que es contra quién jugamos. La respuesta es tan obvia que se nos escapa. Las preocupaciones de las personas suelen ser la inmediatez, y sus problemas se convierten en enemigo inmediato y casi único. Y esto es tan triste como ver que a cierto jugador le amenacen un peón y esté tan absorto en defenderlo que su rey termina en posición de mate. Estoy de acuerdo con quién diga que de nada vale preocuparse por cosas que aún no suceden, al menos no de forma obsesiva. Pero estar al tanto del ataque en flanco de rey no hace que ignores por completo el flanco de dama. En otras palabras, la vista panorámica no estaría mal.

Una vista panorámica que nos remontaría miles años de historia encontrando un solo un objetivo. Rebasar a la muerte. He aquí nuestro enemigo en común. Intangible, invisible e imbatible. De tal magnitud es nuestro enemigo que hace, de la vida, por contraste y comparación, bella y buena. Porque como en una partida de ajedrez, un buen (entiéndase por eficaz, hábil, talentoso) contrincante crea una partida que merece ser contada en cafés y salones.

Pero, ¿Poco importa si algo es bello cuando hagas lo que hagas estás perdido?

No tengo la respuesta a eso, yo aún sigo en zugzwang mientras la muerte apremia.

Fuck the king

¡Tú eres para mí la Reina en d8 y  yo soy el Peón en d7! (E. Gufeld)

En lo personal prefiero estar en el bando de las negras, y si eso implica tener un 31.7% de probabilidad de vivir una larga vida, con tal de proteger a mi reina, creo que muy bien eso vale la pena.

Curioseando por la red encontré este interesante post en quora, donde la cuestión es simple y bien nos viene a caso. La probabilidad de supervivencia de cada pieza de ajedrez. Si la vida se va desarrollando en el tablero y andamos en casillas, qué piezas vendríamos a ser. Si un caballo está en la casilla adecuada, puede pasear todo el tablero sin repetir espacio visitado. En una posición cerrada suele ser de mucha ayuda, aprovechando las pequeñas aberturas que crean los avances de peones. El alfil solo tiene un camino a seguir, ya seas de la luz o la oscuridad. Su labor sosteniendo una posición al combinarse con un peón es importante. Rápidamente pueden pasar de la defensa al ataque, y en los finales de juego pueden resultar decisivos. Se dice que cuando uno es amateur en el ajedrez, te gustan los caballos; cuando tu nivel de juego crece, los alfiles son lo tuyo.  Una torre ¿Quizás? Imponente, arma pesada de guerra, tomando toda una columna si se lo propone, pero que cuyo potencial se ve confinado a una esquina del tablero esperando a ser liberado. Teniendo una labor secreta; y el rey lo sabe.  Alguien más audaz dirá, yo quiero ser un peón, sin mí nadie podría hacer, querer, soñar con algo. Ya habéis oído, “Un peón es un peón” ¿Quién quiere una torre cuando puede tener en cambio 3 peones coordinados?  Además, quién podría personificar mejor las vicisitudes de la vida, los pequeños pasos, la ilusión con la que se va al campo, el sueño de participar en la victoria, o el paraíso de la 8va casilla.

Y aquí es donde entra Oliver Brennan quién escribe un código y toma 2.2 millones de partidas de torneos para arrojar estos datos. Alguien se inspiro y creó una animación donde se va viendo la masacre que va ocurriendo mientras pasan los turnos.

Y ya no quiero ser el peón. (Click para la animación)

El rey como es obvio tiene el 100% de supervivencia, ya que una vez que es capturado el juego termina. Y mientras hacía un minuto de silencio por el peón d2 descubrí la realidad.

Somos los que enviamos a peones a su muerte, y que nos escondemos tras un enroque protegidos por una torre, un caballo, un alfil en fianchetto y los que tienen el descaro de enviar su pieza más valiosa al ataque sin más, la dama, nuestra hermosa reina que morirá antes de darnos en manos enemigas. Aquellos que solo salen cuando el páramo se ve desierto, y vamos caminando por los cuerpos tendidos de los desafortunados que no pasaron los 40, 50, 60 movimientos.  Somos el rey, que tan cobardemente no puede vérselas cara a cara con su enemigo  declarado. Ese rey que gobierna sobre nada.

Fuck the king.

1. … e5

Los desatinos están ahí en el tablero, listos para ser cometidos. (GM. Savielly Tartakower)

La idea primariosa acerca de lo entendemos  por “mundo” vendría a ser, todo lo conocido. El mundo contiene a la vida, la vida contiene al ajedrez, y el ajedrez contiene muchas vidas. De manera proporcional, el tablero viene a ser el campo de acción de la vida al igual que todo lo conocido es el campo de acción de nuestra vida.

Apropiada comparación para decirnos que tenemos limitaciones físicas, hay reglas que se siguen, un orden establecido, y como es propio de todo lo conocido en la vida, hay malas, buenas y aun mejores posiciones. Ya que caigas en casillero blanco o negro, hay algo que se busca per se y es explotar lo mejor que se pueda la posición. La teoría dicta ocupar pronto el centro, tomar control del mayor espacio posible, para esta forma evitar limitar las opciones del contrincante y llevarlo a un estado de claustrofobia. Pero en ajedrez nada está escrito y es ley absoluta. Si eres de los que no les convence esta idea del todo, aquellos que destacar o tener el control no es su prioridad, sino una distracción para lo que es la meta en realidad. Lo tuyo debe ser los flancos, una opción no tan usual, pero que no se desmerita.

La vida se va desarrollando de forma que ya seas, de los que buscan un espacio de confort, los que busquen incomodar, los que esperen pacientemente el momento oportuno o aguanten la presión para salir airosos tras un arduo sitio, hay algo que nunca se debe olvidar y es que una vez escogida la casilla no hay nada que hacer hasta un turno después.

 A veces pienso en lo que denomino “la teoría del cuadrado”, esta se basa en el hecho de lo que conocemos es parte de algo conocido, pero mientras no conozcamos el total sigue siendo desconocido para nosotros. Todos tenemos un cuadrado de vida, un casillero asignado o que hemos conseguido. Si ponemos todo lo que conocemos, el hogar, el lugar de trabajo, ese viaje que aprovechamos en vacaciones, las rutas del día a día, todo dentro de un plano. Todo este espacio físico, material, palpable, constituye el cuadrado. El punto no es lo grande que puede ser, sino lo limitado que es, y seas quien seas, veas lo que veas, vayas a donde vayas, seguirás dentro de un casillero cuadrado que te ha sido asignado o has conseguido.

Pero hay un problema peor aún, y es que nunca veremos el borde.

Me disculpo, aún peor sería ver el borde de tu cuadrado, de tu casilla en este enorme tablero de juego de los dioses y no saber que hacer.

1. e4 …

¿Por qué tengo que perder ante este idiota?. (GM A. Nimzovich)

Presumo que alrededor de los 8 años fue mi perdición. Después de pensarlo muchas noches, concluyo que debí quedarme como observador curioso, salir de la cola, dejar de insistir y evitar a lo que muchos años después entraría a mi lista de vicios insaciables; que a falta de experiencia y pericia no vi venir.

Hay cosas que uno espera de forma demasiado ansiosa y tal es así que, cuando llega al fin, simplemente olvida el plan. (si es que hay alguno) Me sientan en la desbalanceada banca y antes que pueda ajustar los cordones de los anteojos, mi contrincante ya hizo su jugada. Los murmullos, miradas expectantes y mi turno. En honor a mi honor, obviaré lo que hice y me limitaré a recordar el regreso de los murmullos, miradas más ansiosas y otro de mis turnos. No sé si tenía una idea de lo que hacía, quizás solo hacía lo que hacía porque lo hacía y sin darme cuenta otro movimiento se había consumido. La inducción dicta que haya la creación de una regla a partir de sucesos particulares, pero los murmullos y lo que vendrían a ser ojos salidos se sus cuencas son reemplazados por un silencio de acuerdo tácito. Esto debió advertirlo, pero ni corto ni perezoso me apresuro sobre el tablero. Segundos después descubro que nadie mostrará piedad cuando entre carcajadas y aplausos el mundo se decida a pedir sangre. Check Mate. 4. Df7#

La revancha es la forma sutil de la venganza, es la negación y la inmediata reacción a la derrota. El otro camino es olvidar. Un olvido que me duró un par de años. Hasta que me vuelvo a sentar frente un tablero a presenciar mi siguiente derrota, aún más catastrófica que la primera, siendo necesaria y meritoria una revancha que luego de varios años aún no llega. Las negociaciones del cuando y dónde no se terminan de concretar. Y misma Corea, la tensión es permanente, aunque familiar tras décadas de espera.

El juego se volvió algo personal, una muestra de superioridad, una suerte de ideología rusa del siglo pasado. Las piezas se tornaron una extensión de mi voluntad, la tensión en el tablero debía ser aprovechada al máximo para que el contrincante dudara de lo que hiciera cada momento, cada movimiento debía ser amenazador, buscando hacer cortes a una piel que no sangraba pero que se estremecía al sentir el acorralamiento de su rey. La convicción era vital, saber que las cosas transcienden a un mero juego y quién sea el primer en pensar lo contrario, ya habría perdido. Volcarse de lleno en cada espacio conquistado, atento a nuevos lugares donde invadir. Podría decir que un análisis psicológico daba menos información de lo que conseguías viéndome en mi habitad natural. 64 casillas, ni más ni menos.

Gufeld decía que para el ajedrecista el ajedrez es la vida y cada partida es una vida nueva. Y todo jugador de ajedrez suele vivir muchas vidas. Y no es el único que trae esto a comparación. Del juego ciencia, del juego arte, del juego todo, del juego vida. Se ha dicho mucho y aunque esto última comparación me parece atrevida, no está corta de razón.

Así que como esto último merece un poco más de explicación, retomaré con lo que todo comenzó hace varios años.  Ahí va mi apertura predilecta, mismo Fischer, me abalanzo de lleno. 1. e4 …