Treasure

Lo preciado. Eso es un tesoro. Lo pones en un lugar alto, para que los demás lo admiren se maravillen o envidien. Puede ser que lo ocultes en lo profundo, lo protejas, lo reserves para tu mirada y en secreto te jactes. Quizás es algo que no puede ser tocado ni visto ni explicado, y al mismo tiempo valer por todos los tesoros del mundo (o al menos de eso te convences). Están los que no se tienen pero se anhelan, los que se buscan de forma incansable, sacrificada, esos que nunca tendrás (y a veces sí; relájense optimistas). Por otro lado están los tesoros que no tienen otro propósito más que existir. No se exhiben, tampoco los escondes, los tocas de cuando en cuando y nadie en particular los anhela. De esos, muestro tres. Que solo están ahí, esperando estar allá.

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Colgando y descolgándose a gusto en una esquina de la cama, aquella casaca verde que en otrora me hizo compañía cierta noche de invierno para que de forma discreta con el cuello en alto, ocultara la mano invasora que solo se retiraba para volver en la forma de un cálido abrazo.

En un cajón de escritorio, una roca descansa. Cuya llegada no fue preparada como sus predecesoras, sino que terminó infiltrándose a mi habitación como consecuencia del más reciente enfrentamiento de bandas. Siendo una pequeña muestra visual de la falacia en la que se vive.

Por último, cómodo (yo supongo) entre columnas de folders que a nadie le importa revisar, se encuentra el manual de lo que se convirtió en el último vestigio de juguetes de la infancia, que en alguna mudanza se empeñaron en desaparecer.

Trinidad de tesoros que, ante la vista acostumbrada al mismo escenario polvoriento y enmarañado, se ocultan. Permaneciendo por el capricho descuidado de quién se acuesta un sábado, despierta un miércoles y termina las labores de limpieza un domingo.

El adversario

“Como el último enemigo, la muerte ha de ser reducida a nada” (1 Cor. 15:26; Traducción del Nuevo Mundo)

El contraste resalta lo bello. Si algo a simple vista parece ordinario, hay que seguir observando, y encontrar lo bello que resulta. Lo bueno (entiéndase por beneficioso, gratificante, satisfaciente) se alcanza por comparación. Y el contraste, vuelvo a decir, resalta lo bello.

Ya que vengo poniéndonos en tableros, entre piezas y posiciones, toca ver quién está del bando de las negras. Aquí hago una pausa para el despistado, explicando que todos somos del bando de las blancas, pues damos el primer movimiento con nuestra primera  decisión y asumiendo que nuestros actos tienen consecuencias. Seguro que alguien argumentará alguna variante de: “la vida comienza mucho antes de que siquiera podamos decidir” Entonces diré, el ajedrez se juega de a dos. Y hasta que entremos al ruedo, somos parte del juego de otros.

Aclarado, vamos a lo que nos preocupa que es contra quién jugamos. La respuesta es tan obvia que se nos escapa. Las preocupaciones de las personas suelen ser la inmediatez, y sus problemas se convierten en enemigo inmediato y casi único. Y esto es tan triste como ver que a cierto jugador le amenacen un peón y esté tan absorto en defenderlo que su rey termina en posición de mate. Estoy de acuerdo con quién diga que de nada vale preocuparse por cosas que aún no suceden, al menos no de forma obsesiva. Pero estar al tanto del ataque en flanco de rey no hace que ignores por completo el flanco de dama. En otras palabras, la vista panorámica no estaría mal.

Una vista panorámica que nos remontaría miles años de historia encontrando un solo un objetivo. Rebasar a la muerte. Eh aquí nuestro enemigo en común. Intangible, invisible e imbatible. De tal magnitud es nuestro enemigo que hace, de la vida, por contraste y comparación, bella y buena. Porque como en una partida de ajedrez, un buen (entiéndase por eficaz, hábil, talentoso) contrincante crea una partida que merece ser contada en cafés y salones.

Pero, ¿Poco importa si algo es bello cuando hagas lo que hagas estás perdido?

No tengo la respuesta a eso, yo aún sigo en zugzwang mientras la muerte apremia.

Fuck the king

¡Tú eres para mí la Reina en d8 y  yo soy el Peón en d7! (E. Gufeld)

En lo personal prefiero estar en el bando de las negras, y si eso implica tener un 31.7% de probabilidad de vivir una larga vida, con tal de proteger a mi reina, creo que muy bien eso vale la pena.

Curioseando por la red encontré este interesante post en quora, donde la cuestión es simple y bien nos viene a caso. La probabilidad de supervivencia de cada pieza de ajedrez. Si la vida se va desarrollando en el tablero y andamos en casillas, qué piezas vendríamos a ser. Si un caballo está en la casilla adecuada, puede pasear todo el tablero sin repetir espacio visitado. En una posición cerrada suele ser de mucha ayuda, aprovechando las pequeñas aberturas que crean los avances de peones. El alfil solo tiene un camino a seguir, ya seas de la luz o la oscuridad. Su labor sosteniendo una posición al combinarse con un peón es importante. Rápidamente pueden pasar de la defensa al ataque, y en los finales de juego pueden resultar decisivos. Se dice que cuando uno es amateur en el ajedrez, te gustan los caballos; cuando tu nivel de juego crece, los alfiles son lo tuyo.  Una torre ¿Quizás? Imponente, arma pesada de guerra, tomando toda una columna si se lo propone, pero que cuyo potencial se ve confinado a una esquina del tablero esperando a ser liberado. Teniendo una labor secreta; y el rey lo sabe.  Alguien más audaz dirá, yo quiero ser un peón, sin mí nadie podría hacer, querer, soñar con algo. Ya habéis oído, “Un peón es un peón” ¿Quién quiere una torre cuando puede tener en cambio 3 peones coordinados?  Además, quién podría personificar mejor las vicisitudes de la vida, los pequeños pasos, la ilusión con la que se va al campo, el sueño de participar en la victoria, o el paraíso de la 8va casilla.

Y aquí es donde entra Oliver Brennan quién escribe un código y toma 2.2 millones de partidas de torneos para arrojar estos datos. Alguien se inspiro y creó una animación donde se va viendo la masacre que va ocurriendo mientras pasan los turnos.

Y ya no quiero ser el peón. (Click para la animación)

El rey como es obvio tiene el 100% de supervivencia, ya que una vez que es capturado el juego termina. Y mientras hacía un minuto de silencio por el peón d2 descubrí la realidad.

Somos los que enviamos a peones a su muerte, y que nos escondemos tras un enroque protegidos por una torre, un caballo, un alfil en fianchetto y los que tienen el descaro de enviar su pieza más valiosa al ataque sin más, la dama, nuestra hermosa reina que morirá antes de darnos en manos enemigas. Aquellos que solo salen cuando el páramo se ve desierto, y vamos caminando por los cuerpos tendidos de los desafortunados que no pasaron los 40, 50, 60 movimientos.  Somos el rey, que tan cobardemente no puede vérselas cara a cara con su enemigo  declarado. Ese rey que gobierna sobre nada.

Fuck the king.

1. … e5

Los desatinos están ahí en el tablero, listos para ser cometidos. (GM. Savielly Tartakower)

La idea primariosa acerca de lo entendemos  por “mundo” vendría a ser, todo lo conocido. El mundo contiene a la vida, la vida contiene al ajedrez, y el ajedrez contiene muchas vidas. De manera proporcional, el tablero viene a ser el campo de acción de la vida al igual que todo lo conocido es el campo de acción de nuestra vida.

Apropiada comparación para decirnos que tenemos limitaciones físicas, hay reglas que se siguen, un orden establecido, y como es propio de todo lo conocido en la vida, hay malas, buenas y aun mejores posiciones. Ya que caigas en casillero blanco o negro, hay algo que se busca per se y es explotar lo mejor que se pueda la posición. La teoría dicta ocupar pronto el centro, tomar control del mayor espacio posible, para esta forma evitar limitar las opciones del contrincante y llevarlo a un estado de claustrofobia. Pero en ajedrez nada está escrito y es ley absoluta. Si eres de los que no les convence esta idea del todo, aquellos que destacar o tener el control no es su prioridad, sino una distracción para lo que es la meta en realidad. Lo tuyo debe ser los flancos, una opción no tan usual, pero que no se desmerita.

La vida se va desarrollando de forma que ya seas, de los que buscan un espacio de confort, los que busquen incomodar, los que esperen pacientemente el momento oportuno o aguanten la presión para salir airosos tras un arduo sitio, hay algo que nunca se debe olvidar y es que una vez escogida la casilla no hay nada que hacer hasta un turno después.

 A veces pienso en lo que denomino “la teoría del cuadrado”, esta se basa en el hecho de lo que conocemos es parte de algo conocido, pero mientras no conozcamos el total sigue siendo desconocido para nosotros. Todos tenemos un cuadrado de vida, un casillero asignado o que hemos conseguido. Si ponemos todo lo que conocemos, el hogar, el lugar de trabajo, ese viaje que aprovechamos en vacaciones, las rutas del día a día, todo dentro de un plano. Todo este espacio físico, material, palpable, constituye el cuadrado. El punto no es lo grande que puede ser, sino lo limitado que es, y seas quien seas, veas lo que veas, vayas a donde vayas, seguirás dentro de un casillero cuadrado que te ha sido asignado o has conseguido.

Pero hay un problema peor aún, y es que nunca veremos el borde.

Me disculpo, aún peor sería ver el borde de tu cuadrado, de tu casilla en este enorme tablero de juego de los dioses y no saber que hacer.

1. e4 …

¿Por qué tengo que perder ante este idiota?. (GM A. Nimzovich)

Presumo que alrededor de los 8 años fue mi perdición. Después de pensarlo muchas noches, concluyo que debí quedarme como observador curioso, salir de la cola, dejar de insistir y evitar a lo que muchos años después entraría a mi lista de vicios insaciables; que a falta de experiencia y pericia no vi venir.

Hay cosas que uno espera de forma demasiado ansiosa y tal es así que, cuando llega al fin, simplemente olvida el plan. (si es que hay alguno) Me sientan en la desbalanceada banca y antes que pueda ajustar los cordones de los anteojos, mi contrincante ya hizo su jugada. Los murmullos, miradas expectantes y mi turno. En honor a mi honor, obviaré lo que hice y me limitaré a recordar el regreso de los murmullos, miradas más ansiosas y otro de mis turnos. No sé si tenía una idea de lo que hacía, quizás solo hacía lo que hacía porque lo hacía y sin darme cuenta otro movimiento se había consumido. La inducción dicta que haya la creación de una regla a partir de sucesos particulares, pero los murmullos y lo que vendrían a ser ojos salidos se sus cuencas son reemplazados por un silencio de acuerdo tácito. Esto debió advertirlo, pero ni corto ni perezoso me apresuro sobre el tablero. Segundos después descubro que nadie mostrará piedad cuando entre carcajadas y aplausos el mundo se decida a pedir sangre. Check Mate. 4. Df7#

La revancha es la forma sutil de la venganza, es la negación y la inmediata reacción a la derrota. El otro camino es olvidar. Un olvido que me duró un par de años. Hasta que me vuelvo a sentar frente un tablero a presenciar mi siguiente derrota, aún más catastrófica que la primera, siendo necesaria y meritoria una revancha que luego de varios años aún no llega. Las negociaciones del cuando y dónde no se terminan de concretar. Y misma Corea, la tensión es permanente, aunque familiar tras décadas de espera.

El juego se volvió algo personal, una muestra de superioridad, una suerte de ideología rusa del siglo pasado. Las piezas se tornaron una extensión de mi voluntad, la tensión en el tablero debía ser aprovechada al máximo para que el contrincante dudara de lo que hiciera cada momento, cada movimiento debía ser amenazador, buscando hacer cortes a una piel que no sangraba pero que se estremecía al sentir el acorralamiento de su rey. La convicción era vital, saber que las cosas transcienden a un mero juego y quién sea el primer en pensar lo contrario, ya habría perdido. Volcarse de lleno en cada espacio conquistado, atento a nuevos lugares donde invadir. Podría decir que un análisis psicológico daba menos información de lo que conseguías viéndome en mi habitad natural. 64 casillas, ni más ni menos.

Gufeld decía que para el ajedrecista el ajedrez es la vida y cada partida es una vida nueva. Y todo jugador de ajedrez suele vivir muchas vidas. Y no es el único que trae esto a comparación. Del juego ciencia, del juego arte, del juego todo, del juego vida. Se ha dicho mucho y aunque esto última comparación me parece atrevida, no está corta de razón.

Así que como esto último merece un poco más de explicación, retomaré con lo que todo comenzó hace varios años.  Ahí va mi apertura predilecta, mismo Fischer, me abalanzo de lleno. 1. e4 …

19 de enero

el lunes 19 de enero, desperté con la imperiosa necesidad de llamarte y me encontré con que había olvidado tu número.

había borrado cada huella de ti, cada rastro, cada señal física que me marcase el camino de regreso a cuando nosotros hablamos de la lluvia, el rock and roll y los gatos. de tus traumas y los míos, de eso se trataba todo, por aquel entonces.

pensé incluso en una canción de george harrison que me hizo pensar en ti hace unos días, y me di cuenta de que estaba mirando al vacío con cara de huevón que lo ha perdido todo y se acaba de dar cuenta.

el 19 de enero no pensé en pedirte perdón ni pedirte que regreses; pensé, no obstante, en llamarte y preguntarte qué querías cenar esta noche mientras veíamos qué película. porque soy un cursi de mierda, un alelado de las cosas cotidianas, de los placeres pequeños (que no son pequeños, puta madre), de los que recuerdan el primer día que nevó en su vida.

quizás aquel lunes desperté con la certeza de saber algo que alguna vez me preguntaste. quizás ahora tenía la respuesta. quizás ahora podía estar seguro. pero no podía llamarte, porque te eliminé de mi agenda, tiré tus cartas y borré a golpe de cerveza, vodka, ron (lo que cayera en mis manos) la secuencia correcta que me diera, ahora, en esta mañana de un lunes helado, el acceso a tu voz diciéndome que me vaya a la mierda.

no, aquel lunes por la mañana, por más que se me antojaba, no me levanté a mirar por la ventana cómo caía la nieve sobre los árboles. en cambio, me enrollé otra vez entre las sábanas con la memoria de tu sexo metida en los sesos, como si aún pudiera oler, saborear una dimensión no cifrada de tu realidad que se resistía a abandonarme.

me masturbé con el pretexto de quitarme el frío. me agité al eyacular y susurré algo incomprensible, que, creo, era tu nombre. me quedé inmóvil, con la mirada clavada en el techo, solo, con frío, con la necesidad de llamarte, y con la vergüenza de ser quien yo era.

De nombres y nombrecillos

Entonces caigo en la cuenta que solo buscaba negar tu nombre.

Alguna parte de mí se negó a olvidarlo mas bien, sé que más de una ves me dije lo difícil que sería. Lo sé porque lo hallaba en las paredes de mis noches oscuras, cuando en el rincón de la autodestrucción encontraba la nota previsora, donde un bien me hice anotando, con años de antelación, tu dirección. O quizás porque los aromas de seducción se llaman como tú y los suelo encontrar en los cuellos de las mortales, en ese pequeño recorrido de piel donde se untan ese líquida fragancia para raptar espíritus y sumergirlos en el océano del deseo. También debe ser por el hecho que tu nombre se halla en los poemas que se crean entre la mirada de la locura y la lujuria, vecinos míos que hacen lo suyo por consolarme y me instan a volverte a ver.

Creí que otra persona podría ser la cumbre.

El destino, con quien de vez en cuando coincido, dijo que mientras haya alguien que responda ante la misma fonética, el se encargaría del resto y por mi parte solo observaría como todo se va formando de manera inamovible. Se creo una constante expectación, cuando aparecían de los lugares menos esperados esas casualidades que no lo son. Ese momento de conocer a alguien con una consonante que jugaba a ser vocal, una vistosa y quizás innecesaria añadidura, a veces algo menos pero sin quitarle lo lleno de vida, y los infaltables y casi inapelables estilos de pronunciación, que resultaban en lo mismo, pero que tenían su importancia y su valor.

Pero se llama como tú.

Esa es la razón, única y final. Que un nombre termina siendo la constante en el tiempo y no porque evoque recuerdos, sino porque es el nombre que voy llevándome sea el lugar que pise. O de otra forma, se podría decir que soy perseguido por sus formas materializadas y demasiado atrayentes, con el resultado que me doy al abandono entre sus brazos. Como marino, que se niega atarse al mástil para eliminar cualquier cosa que le impida sucumbir ante los cantos hipnotizantes de las sirenas, a sabiendas que conocerá las puertas del averno y solo se deja llevar. De esa forma eres…

… A quien me gusta llamar.