mi luna caliente

(I)

Entonces cuando la cordura se piensa perdida y la resitencia sucumbe al deseo, tomas un martillo para ir, lentamente, a esa habitación que sólo alcanzaste a ver al subir con sus padres, cuando ellos te dijeron que podías quedarte a domir, esa puerta que se quedó entreabierta y con la luz prendida, invitando al invasor, invitándote, violador.
De entre tu maletín de herramientas sacas el instrumento con el que crees que llevarás a cabo algo que todavía estás cavilando. Piensas que estás loco, y eso es lo único de cordura que te golpea por un instante, dudas. Pero las ganas de ir a esa habitación hacen que te hiervan las venas. Ir o no ir, ésa es la cuestión. Dudas un instante y te miras al espejo de pared, tu rostro está rojo, rojo por la luna caliente.
Empuñas la herramienta, te acercas a la puerta, giras la perilla y sales del cuarto, al mismo tiempo en que sientes que algo se endurece bajo tu pantalón.

(II)

Ramiro acaba de salir del cuarto y no sabe qué hacer. Si salen sus padres, piensa, les digo que tenía ganas de ir al baño. Desde el otro extremo del pasillo le llegaba una luz amarillenta y casi anaranajada, producto de la mezcla de la luz de la luna y de la lámpara de mesa. Hacía mucho calor y Ramiro había empezado a sudar, su camisa estaba mojada en el cuello y ligeramente húmeda en las axilas. Las manos también le sudaban y estaba muy nervioso.
Caminó lentamente hasta la puerta de Sofía y dio un vistazo hacia el interior. Su corazón se puso a mil en cuanto vio a la muchacha semidesnuda sobre su cama de espaldas, de manera que podía ver sus piernas morenas y gruesas. Escuchó un sonido que provenía del cuarto de los padres, se asustó y se metió al baño rapidamente.

(III)

El martillo se te escapaba de las manos, ¿qué harías con él? Hiciste mucho ruido con tus pisadas sobre el parquét, tal vez despertaste a los padres de la chica, tal vez alguien notó cómola mirabas durante la cena.
Sales con las manos atrás, la cabeza primero. No hay moros en la costa. Se escuchan los ronquidos de su papá. Te acercas a la puerta otra vez, pero ahora puedes ver sus senos redondos y moldeados. Sientes la erección que se desata entre tus piernas. No puedes controlarla. Entras y te sientas a su lado en esa cama, suave, blanca, e iluminada por la luna. Entonces la tocas sin importar qué, deslizas tus manos sobre su piel, despacio, suavecito. Y ella se despierta de un brinco, te mira y no sabe qué hacer. Tú sabes qué va a hacer y ahí es cuando la amenazas con el martillo que sacaste del maletín, ¿qué harás con él si ella grita? Le tapas la boca con la tuya, silencias sus gritos, le abres las piernas bruscamente y vas metiéndote en ella hasta liberar por fin al animal hambriento de sexo en sus entrañas, ahogas sus gritos con tu boca, con tu lengua, la golpeas y ella se deja de mover, se deja llevar, parece que por instantes lo disfruta.
La luna sigue caliente observándolos desde el cielo, allá arriba. La luna te mira y tú te vienes sobre de Sofía.

(IV)

Ramiro eyacula sobre Sofía y ella se lo quita de encima. Tiene cara de asustada y respira agitadamente. Cuando él la mira sabe que va a gritar, sabe que entonces su mundo se vendrá abajo y que no será respetado por los quince años que tuvo que pasar fuera de su país. La mira y está con los ojos rojos implorando piedad, pero su cuerpo desnudo puede más. Las acciones de Ramiro ya no las controla nadie, ni siquiera él. Se abalanza sobre ella y otra vez le quiere abrir las piernas. Ella no se deja y va a gritar, abre la boca, va a gritar. Él toma el martillo y la golpea varias veces, son golpes secos, la golpea y se mueve encima de ella mientras la penetra y se pierde en algún rincón de sus crudos pensamientos.
Terminó y se limpió las manos llenas de sangre. Sus ojos se humedecieron. No hubo un solo grito. ¿Gritaría? ¿No lo estaba disfrutando?
De lejos parecía llegar una melodía:

Quiero verla bailar entre los muertos
la cintura morena que me volvió loco
llevo un velo de sangre en la mirada…

Salió de la habitación y se dirigió a la suya. Miró por la ventana y desde ahí vio su auto todavía estacionado frente a la gran casa del doctor, todo el pueblo estaba cubierto por una capa ligera de luz naranja que venía desde la luna que a cada rato crecía. Salió por la ventana y se trepó al techo. Desde ahí se podía ver todo. Se sentó y quedó mirando el cielo del pueblo, recordando siempre que esa noche la luna había estado demasiado caliente sobre el pueblo.

–FIN–

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