morir ciego

La Madriguera de Charlie Simons
(Escrito a las 12:23 p.m. del 24/12/2009)

Hace unos cuantos días fui a la clínica, allá en la avenida Arequipa, preocupado, como siempre, por mi punto débil, mi talón de Aquiles, mis órganos más endebles: mis ojos. Yo soy miope porque mi papá es miope, i mi papá es miope porque su mamá es miope. Francamente, hasta hace unos cuántos días, los lentes no me importaban mucho, me servían de máscara i a veces ayudaban mucho, pero se me rompieron. ¿Cómo? Es una pregunta que no podré responder así de fácil. Iba caminando yo por las afueras del poblado establecimiento de Mega Plaza Norte, cuando de repente, por arte de magia, por obra i gracia de los espíritus chocarreros, pim, se cayó una de sus enclenques patitas. Yo, al inicio, no me di cuenta, pero llegó el momento en el que me los saqué para limpiarlos i al querer reinstalármelos sobre la nariz no tuve de dónde agarrarlos i cayeron en un golpe seco hasta el piso de concreto. Y ahí quedó mi vista clara i “normal”, para pasar a los arrastrones a los q ia estaba acostumbrado Oblitas cuando se le caían los de contacto. Al menos a él no se le notaba cuando se le caían, se le notaba cuando los recogía. Pero yo no podía más, ahí quedaron mis lentes. ¿Por qué había escogido esos lentes? Porque me veía mejor con aquella camisa de franela, a la que le acortaba las mangas i me dejaba fuera del pantalón negro i con las zapatillas blancas. Ahí quedaron. Por eso fui a la clínica para que me midieran la vista, por si acaso, por si las moscas. Pero de pronto tuve el presentimineto de morir ciego, así como siempre he tenido la sensación (i hasta el deseo) de morir joven.

Eran las once de la mañana i, a pesar de tener un cielo con nubes, hacia un calor infernal. Mala idea la de ponerme polo manga larga, i encima pegado. Ya lo dijo mi mamá: “Ponte otro que a ese le estás dando duro”. Entramos juntos hasta el edificio i nos recibió una señorita delgada, linda, con el pelo pintado, linda, pero con su plata. nos llevó hasta la sala de espera i a mí me dijo que pasara hasta donde estaban las máquinitas para los exámenes. Me sentó, vio mis lentes viejos i rotos i no pudo evitar sonreír. Bromeé con ella i al ponerse al otro lado de la maquinita su sonrisa se esfumó i su mirada cambió. De seguro recordó algo, pensé, de seguro no debe bromear conmigo, soy el paciente i soy un chico todavía. Luego se paró, tomó mis lentes i se los dio a la otra señorita que había estado en la habitación. Yo estaba tranquilo, todas las personas ahí eran mujeres i todas eran lindas, parecía un pequeño paraíso construido para mí i para mis ojos. Me dejó sentado i luego me pidió que saliera de nuevo a donde estaba mamá. Al salir me confundí entre la gente i no vi a mamá hasta que me hizo una seña con la mano. De pronto sentí una mano en el hombro i era la misma señorita que antes me había a tendido, me dijo que debía ir a consulta de una vez, que pasara nomás. “¿Y mis lentes?”, pregunté, pero no me hizo caso i me siguió llevando, casi de la mano, al consultorio de la doctora Milagros Pantoja. Hasta la doctora era mujer, i también era amable, todas eran mujeres i todas eran lindas. La doctora me recibió en el consultorio con una pequeña sonrisa, como si me hubiese estado esperando toda una vida i por fin me hubiese encontrado, a mí, a un muchacho de dieciséis años, que parecía haber llegado para convertirse en el rey de la comarca.

Su consultorio era todo blanco i muy iluminado a pesar de la neblina que cubría a la Lima de esas horas en ese día de diciembre. Me habló gentilmente i gentilmente su actitud fue cambiando, habló varios minutos sobre los problemas usuales por los que la gente iba, pero que yo era diferente. En otras situaciones hubiese parecido un halago, pero luego soltó la frase: “Te estás quedando ciego”.

Mi madre que estaba conmigo no dijo nada. Y creo que fue lo mejor. Milagros Pantoja seguía hablando delante de mí, con ese aire a ángel de la muerte que poseía dentro de ese consultorio, pero yo ya no la podía escuchar, en cambio mi mente se había ido a un campo verde i lleno de flores i cosas, con árboles i montañas a lo lejos, todo un paisaje con un río i un cielo despejado por el cual, en la noche, las estrellas se podrían ver completas. La noticia i la frase, llegaron entonces a la imagen en movimiento de aquellos campos i me la quitaron, me la arrebataron, todo se nubló como en Lima i mucho más, todo resultó oscuro i io quedé en las tinieblas.

¿Qué pasaría si quedara ciego? Nunca me lo pregunté antes.Pero si yo quedara ciego no podría resistir la idea de no volver a ver el rostro de mi madre, ni podría aguantar no disfrutar sus sonrisas ni comprender sus llantos. Me sentiría peor que si quedara manco, me sentiría más débil, más inútil. Pero si yo quedara ciego no podría resistir una vida sin poder ver mi reflejo o si quiera poder aguantar la compasión de los demás en la calle, los sonidos, la bulla, los gritos en mi cabeza, los dolores. Todo se cubriría por la oscuridad infinita i por un maldito manto de la dolorosa ceguera permanente. Si yo quedara ciego -esto, creo yo, es lo más importante- no podría ver, una vez más, la sonrisa de mi Amada. No la podría ver como tantas veces he deseado verla, cerca a mí, y feliz de estarlo. Los segundos pasarían como horas y, en esas horas de aquellos segundos, mis demonios me devorarían por completo, enterito. Si yo quedara ciego, finalmente, tendría que tomar la decisión de ir a mi cuarto, abrir el cajón de la mesa de noche de mi padre, tomar su revólver i dispararme, como si nada, en la sien.

–FIN–

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