epístola soñada

Alguna vez escribí una carta preciosa. Alguna vez deseé que esa carta fuera más preciosa aún, porque no estaba seguro de su rotundidad, de la emoción que provocaría y de los sentimientos que tocaría en su destinatario. Necesitaba enviar esa carta y, felizmente, me salió bien.

Aunque ‘bien’ sea poco, aunque se necesiten más palabras. Quiero decir que Yo escribí una carta pre-cio-sa. ¿A quién? A quién más. A la mujer que me ha removido el corazón, y otros órganos vitales, como ninguna otra. A ella, la de cabello azabache, que con una sonrisa me hizo despertar y que con un simple además me mató y me revivió las veces que quiso. A ella le fue dirigida esa carta de una sola hoja y cinco (o seis?) párrafos armados con el detalle de un talentoso diseñador. A ella le entregué mi sobrecito maltrecho que contenía partes enteras de mi ser.

Ella es preciosa, más que la carta, más que cualquier otra chica, más que tu Tilsa, más que tu Maju. Ella, para mí, es una diosa. Algunos pensarán que exagero. Pero no. No lo hago. Yo escribí una carta preciosa para una chica más preciosa aún.

Y ella se llama Natalia, y siento, desgraciadamente, que no la podré dejar de querer aunque lo intente. Digo desgraciadamente porque no me puedo zafar de su encanto, de su hechizo, del vaivén de su cabello y de aquella sonrisa que me parte el alma y eso, tarde o temprano, me llevará a la perdición, a la inminente locura. Porque si ella me dice que salte, yo salto.

Alguna vez le di esa carta de color anaranjado fosforescente medio huachafón. Y se la di a solas, cuando su corazón estaba vulnerable y pudo sentir lo que yo, cuando ambos corazones se pudieron fundir en uno solo. Se la entregué a la luz de la luna, cuando yo podía ser un Cabalero de la Noche y ella una Doncella (preciosa, siempre preciosa), que, juntos se ponen a bailar un vals allá en la azotea, a donde llegan, casi sin escucharse, los ladridos de los perros, a donde la voz de los invitados a aquella fiesta llega como un susurro que alienta nuestros movimientos y hace que vibre, despacito nomás, nuestra piel. Yo le di esa carta, esa noche, en ese lugar, cuando todavía me cagaba de miedo.

Mientras ella subía, delante de mí, y yo trataba de desviar la mirada de su falda, planeaba que tal vez sería apropiado decir algo para complementar lo de la carta. Pero el secreto fue que la carta no se preparó como tal, que ni siquiera hubo tiempo de prepararla y que, yo, por primera vez, escribía no enamorado, sino enamoradísimo. Las mejores obras son las que no se sabe exactamente como se hicieron, pero que salen de adentro, del al fondo, de las entrañas, del estómago, como vomitando vida, como vomitando amor (Aeropajitas dixit) Y con cinco o seis parrafitos súper disfrutables hasta el, ya no ya, efecto de la catarsis, yo intentaba conquistarla y no perderla, porque aquella noche, en ese descubierto segundo piso, todo podía pasar. Desde la decepción hasta la algarabía. O era gol o era autogol. Yo, esa noche, me blindé, por si acaso nomás. Y le entregué, sin rodeos el sobre maltrecho y la única hoja color naranja que en ella tenía parte de mí, o mejor, siempre mejor, parte de mí que llegó a ser parte de ella.

Todo rimó sin necesidad de rimar y todo sonó a canción sin necesidad de melodía. Yo, esa noche, entregué una carta preciosa.

Alguna vez escribí una carta preciosa, lástima que sólo fue un sueño.

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