el árbol

(I)

Un chico invita a salir a una chica. Él, el chico, se llama Arturo Solis y está emocionado porque la chica es Lucía de la Fuente, su eterna musa, la chica  que lo deja sin palabras o que se las da todas. Para Arturo esta es una conquista, una victoria, una satisfacción más que buena sobre todo porque sería la primera vez que ellos se verían juntos i solos. 

Arturo llega al parque Washington i se da cuenta que está unos cuantos minutos tarde. Camina un poco nervioso porque nunca le ha simpatizado la idea de esperar mucho tiempo a alguien i al parecer esta será una larga espera. Pasa por una bodega i compra un paquete de golosinas que piensa acabarse con Lucía i sigue caminando, nervioso ahora porque la gente lo mira raro.

 – Míralo, creo que nos quiere vender caramelos -y se reían.

Pero Arturo sabe que si espera un poco más todo valdrá la pena. Cuando está ya cerca a una esquina se detiene i mira a su alrededor. Todas las parejas ocupando una banca del parque i todas, aparentemente, felices. Empieza a silbar una canción i se sienta en uno de los muros del exterior de un edificio.

Y se puso a esperar.

(II)

Los minutos que pasaron fueron, para Arturo, normales, pacíficos. Uno de los guachimanes lo ha visto i se le ha acercado.

 – Joven, ¿está esperando usted a alguien? -le dice el hombre de vigilancia.

 – Sí, ¿por qué?

 – ¿Podría esperar en el parque? -pregunta mientras se acerca a él.

 – Ah, sí, cómo no.

Arturo se levanta i empieza a caminar en dirección a la otra esquina. Ya varios minutos han pasado. Ya varias personas se le han cruzado i lo han mirado extrañadas por la bolsita, por el paquete de golosinas que llevaba bajo el brazo. Ya él se había empezado a poner un poco nervioso mientras esperaba e incluso se preguntó si Lucía, en un descuido muy humano, pero a la vez muy cruel, se había olvidado de el encuentro.

 – ¿Esperas a tu flaca, no? -dice la voz del guardián a sus espaldas.

 – ¿Perdón? -preguntó Arturo.

 – ¿Esperas a tu flaca? -pregunta de nuevo el hombre gordo i bigotón.

 – No es mi flaca…

Arturo no se detuvo más. Pensó que no tenía sentido explicarle nada a ese desconocido. Y se fue.

(III)

A medida que va caminando, el calor de este enero va haciéndolo sudar cada vez más. Su frente está empapada i ni hablar de su cabellera, pero, a pesar de que ya había pasado casi una hora, él sigue esperando a Lucía en ese parque, en una de las bancas, en la única que quedó vacía.

Sus ganas de ignorar el tiempo, le quitaron un poco los nervios, pero claramente su cabeza está, ahora, preguntándose si fue un error de él, al no conocer muy bien la dirección, o de Sofía, que olvidó la fecha i la hora.

Arturo no aguanta su cabeza, se rasca, se va a un baño de un restaurante i se moja, se mira al espejo, escupe i finalmente sale, pero sigue sin aguantarse. ¿Dónde estaba Lucía? La cuestión con Lucía no era algún error o algún olvido.

Ella sí había pensado en la cita con Arturo. Se levantó tarde en la mañana i ayudó a su madre con los quehaceres, se dio un duchazo i se puso a ver televisión hasta que dieran las dos i ponerse en marcha para ver a su querido, a quien ella sabía que cambiaba a cada minuto con un solo ademán, con un solo gesto. Pero mientras se cambiaba de atuendo -y mientras Arturo salía de su casa, despidiéndose de su perro- el teléfono de Lucía sonó y ella contestó. Una voz le dijo que alguien cercano a ella había sido víctima de un accidente i que estaba, en ese momento, en camino al hospital. Así que Lucía -mientras Arturo se embarcaba al punto de encuentro- salía de su casa en dirección a un nosocomio.

El pobre Arturo ni enterado porque ni él ni ella tenían celulares. El pobre Arturo ni enterado i por eso sigue esperando.

Da la hora de espera con un beep de alarma de reloj. El reloj en su muñeca había estado ignorado todo este tiempo i por fin había entrado a escena. Para Arturo este no era ningún “por fin”. “Yo la estoy esperando i de acá nadie me mueve”, pensó i siguió mirando a la gente pasar.

(IV)

Mientras él espera, los pájaros vuelan en las ramas de los árboles i lo miran. Lo miran a él solo sin pareja i plantado, como un árbol joven, pero sin futuro. El guachimán, desde su cerca, desde su casilla, lo mira i ya hasta pena le tiene. “Tal vez no espera a nadie”, piensa. Pero, no, Arturo está esperando a Lucía, la chica de una sola palabra i un solo movimiento. La está esperando con su bolsa de golosinas al costado porque él, de alguna manera, sabe que ella no puede haberse olvidado, que para ella, él es casi tan importante, que es casi imposible que ella me haya olvidado, por dios, no es tan despistada. Arturo mira a su alrededor por enésima vez, sí, señor, la vez “n” llegó, y cuando levantó la mirada, se dio cuenta de que no había ninguna pareja más en el parque, que la gente que pasa ahora, cuando el cielo ya está oscuro i ya no queda por qué sudar, está intentando regresar a su casa, regresar simplemente. Él espera. Él piensa que tal vez ella lo acaba de recordar en su casa, que es tan lejos, oiga, usted, i que ahorita está llegando, en ese taxi, en ese micro, o mejor en ése que es más bonito i más vistoso i más como ella. Él espera criminalmente, como un enfermo, él espera a Lucía porque sabe que es imposible que no llegue. No se levanta, no piensa moverse. Ésta es la única vez que podrá verla porque después ella se irá de viaje, ésta es la vez que buscaban aprovechar, pero que al parecer se ha tardado un poquito más nomás, le pasa a cualquiera. Las parejas que deshabitan esta parte de la ciudad, sienten pena por él cuando pasan porque lo confunden con un vago i vuelven a decir:

 – Míralo, creo que nos quiere vender caramelos -y ya no se reían.

No piensa moverse. Lo ha decidido. Está ahí sentado. En la banca central del parque, mientras aún la espera. Un niñito, que se escapó de las manos de su mami, lo mira de cerca i se queda encantado con sus colores, colores que sólo se ven en las bolsas de chicle o en las de caramelos. Lo mira encantado, pero de un momento a otro se baja la bragueta i comienza a orinar.

El niño termina i se va corriendo a los brazos de su madre, cuando está finalmente, cerca a ella, le dice:

 – Acabo de ver un árbol muy bonito.

 – ¿Ah, sí?, ¿cuál? -pregunta ella.

 – Mira.

El niño señala el centro del parque y ahí, ahora, donde estaba antes Arturo, hay un árbol muy grande, pero muy joven, que brilla a medida que la luz de los postes se va encendiendo, que decora dulcemente -con tristeza i con ternura- este parque que ahora ya casi no existe i que es una leyenda. Está ahí, y es el árbol al que los enamorados van a tallar su nombre, está ahí i sigue increíblemente, esperando a su Lucía.

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