la chica del cabello hippie

Si te estaba buscando, o estaba buscando a alguien, no lo sé.

Lo que sé es que ya estabas ahí, delante de mí, con esa sonrisa tuya que todo lo abarcaba, con esa sonrisa completa, con esa sonrisa que era mucho más que un simple gesto. Lo que sé es que fuiste tú, al principio, quien se veía empeñada en querer conocerme y yo, sin saber por qué, quería ir en otra dirección y que de mí sepas lo más mínimo.

Es que yo tengo miedo de algo, chica de los ojos tristes. Yo tengo miedo de que me conozcan por completo. Yo le tengo auténtico terror a que sepan muchas cosas de mí, como seguramente les pasa a la mayoría de escritores, los importantes, tú sabes. Tenía miedo, también, de parecerte aburrido. Porque ya me había pasado varias veces, que yo sentía que aburría a mis acompañantes y que pensaba también que había nacido en el tiempo equivocado, que ahoa todo era más superficial (o que siempre lo fue y estuve equivocado), que ahora yo no iba por la misma corriente y no podía resultar interesante.

Y luego de intentar ir en la dirección opuesta, me pegué a ti. Más precisamente me obsesioné.

Me obsesioné de tu caminar que no buscaba rumbo y que si lo buscaba quería encontrarlo mediante el azar. Me obsesioné con decirte lo que pensaba sin reflexionarlo antes. Me obsesioné con que respondieras siempre: “Yo también estaba pensando en eso” y te quedaras un momento, creyendo que no me daría cuenta, mirándome de reojo y pensando, nerviosa tal vez, en qué decir ahora. Me obsesioné con tu cabello hippie, chica extraña. Me gustaba cómo iba y venía, siempre despeinado, cómo hipnotizaba y cómo me pedía que lo acaricie mientras tú escribías o leías un libro. Me obsesioné por que te guste lo que escribo (sé que esto no te va a gustar mucho) y porque lo leas todo y porque al final me digas que está bueno o que me estoy intentando copiar de alguno famoso, reconocido o realmente bueno.

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Y por eso hay cosas que hasta ahora no entiendo. ¿Querías ser mi amiga nada más? ¿Querías que te tome de la mano mientras caminábamos? ¿Querías que te hable del socialismo con la misma pasión que te describía mi gusto por Nirvana? ¿Querías acaso que fuera yo nada más?

Ser yo -no sé por qué- me resultaba imposible. Te mentía sobre mis amigos (porque ellos no eran tan interesantes coo los tuyos, tal vez, o porque simplemente no quería que llegaras a conocer a ninguno), te mentía sobre mis fiestas, te mentía sobre mis hábitos: llegué a decirte que los chupetines que me compraba eran porque simplemente me gustaban, pero en realidad eran para esconder el mal aliento, el tufo, por todo lo consumido en la noche anterior. Llegué a decirte que no fumaba y que las fiestas no me gustaban (después descubrí que sí). Te mentía sobre que yo también tenía clases en la tarde (a veces me reunía con el SirPoeta a hablar de ti), que en realidad era un pretexto para poder encontrarte en la salida y acompañarte hasta donde me dejes. Y hablar, y hablar, e intentar que te enamores de mí tanto como yo.

Sé que a los lectores de este blog poco les puede interesar por quién me esté muriendo, por quién esté babeando como un pervertido. Pero necesito dejar claro esto para sacarme algo de la garganta.

¿Por qué callabas cuando caminábamos? ¿Por qué reías conmigo sólo cuando tus amigos no iban o no estaban enterados de lo que hacíamos? ¿Por qué querías que me haga amigo de ellos si a duras penas pude con Arcadio, que fue un pata cojonudo por cierto? ¿Por qué en nuestro primer encuentro los llevaste a ellos y sacaste un ‘yo’ del que me avergüenzo todavía?

Dejabas que te acompañara sin embargo. Dejabas que te sonriera, te saludara, te cargara los cuadernos y me cuelgue de tu bolsa (qué dirías si vieras que yo tenía una igual). Pero por qué no me dejabas conocerte. A ese tú que también escondes ¿qué crees? ¿que no me he dado cuenta? Porque entre esa sonrisa -que no es un simple gesto, señores- hay un toque de tristeza, o un cierto deleite en descubrir que todavía se puede sonreir. Dime, chica, dime… ¿Cuál es tu tristeza? Por qué no me la dices para compartirla y abrazarte, como tú hiciste conmigo ese día en el que me enteré de que en mi vida entraba el primer muerto de todos los muertos, un muerto que yo conocía, un muerto que tenía nombre y apellido y una cara que yo podía recordar.

Los mejores escritos son los que se escriben con el estómago y yo estoy escribiendo esto con el estómago en el corazón.

No sé si volvamos a encontrarnos. Como aquella última vez, bajo el puente, esperando tu combi (que a mí también me gustan, pero no sé por qué te dije que no) y que tuvimos que despedirnos (aunque creo que ninguno quiso hacerlo) con un beso seco, baboso, estúpido, insoportable, ilógico, imposible, que te di en la mejilla… Y te alejaste… como siempre lo has hecho.

¿Algún día te encontraré acercándote a mí? No te preocupes. No tienes que contestar. No tienes por qué.

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Un comentario en “la chica del cabello hippie

  1. Excelente Charlie, que tu estómago siga produciendo estas obsesiones de pervertidos para todas aquellas chicas que se te antoje. Muchas de las mujeres que se nos cruzan y nos ciegan están justamente para eso, encontrarlas, perderlas, y escribirlas.
    Saludos!

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