Conocernos. O no.

Y ahora que lo plantean. Dime, Sabina, ¿cómo nos conocimos?

Digamos que nos conocimos en una biblioteca, recurso aburrido y cliché hasta más no poder. Yo me acerqué a ti (porque así va la costumbre) y te dije que yo te podía ayudar a encontrar el Kamasutra pero sin necesidad del libro. Entonces, claro, me frenaste y me dijiste que yo era de los que solamente se emocionaban en la Fiesta del Chivo o con el chivo que hace fiesta.

¿Dónde fue? ¿Cómo fue?

Ahora me dices que fue de película. Que fue cuando yo tenía un auto no tan bonito, pero sí  bien tuneado y cuando tú trabajabas en una gasolinera y no, no le hiciste un lavado a mi carro en bikini, sino que yo, otra vez yo, te pedí que me llenaras el tanque, pero eso sí, nunca que me midieras el aceite. Escena de película, con su cursilería incluida, como en Titanic y nosotros siendo los reyes del mundo.

La verdad es que no sé. Pero tú te acuerdas. Anda, dime.

Nos conocimos en un ascensor. En el edificio en el que tú trabajabas. Nos miramos de reojo. Me hiciste hola y entonces te empecé a acosar, a perseguir. O eras tú la que perseguía. Sí, creo que eras tú. Que me tocaba la puerta de la oficina incluso para pedirme unos terroncitos de azúcar misma vecina de la vecindad del Chavo. Pero no, no pudo ser normal.

Por favor, dime.

Yo era un asesino y debía ir a tu casa. No sé por qué pero debía ir a tu casa y matarte. Entonces como en todas las películas de terror escuchaste un ruido que provenía de la sala y saliste a inspeccionar vestida con la pijama más chiquita que tenías y te sorprendiste de haberte encontrado con un tipejo maltrecho que se quejaba de dolor porque le había quedado mal la entrepierna después de una sesión horrible en bicicleta.

¿Y así nos hicimos amigos?

No sé, tal vez fue en los años cincuenta. En un bar de una ciudad con nombre difícil, pero triste (la tristeza nunca puede faltar), para prender mi último cigarro. Sí, en esta fumo, Sabina, pero sólo tabaco y no cincuenta como Cerati, pero sí los cinco reglamentarios. Y estabas entonces con un vestido rojo, tal vez, pero si no te gusta que sea de otro color y punto. Y yo me acerqué y me quité el sombrero y como quien no quiere la cosa te dije: “Oye, si Colón te viera.. si Colón te viera… lo siento, me olvidé el cumplido. Volveré a entrar a ver si me acuerdo” Y así entré cuatro veces más antes de decirte ¡Santa María, qué preciosa pinta tiene esta niña! Y tú otra vez, me frenaste y me dijiste que si yo era el pecado te volvías católica apostólica y romana en ese mismo instante.

¿Cómo fue?

Ya lo sé, querida. No fue nada normal, recuerdo. Fue un día de verano y ambos éramos jóvenes. Sí, teníamos la misma edad y éramos jóvenes. Yo jugaba con mis amigos en un parque y tú con tus amigos al otro lado. Por coincidencia, por casualidad o qué se yo, ambos grupos decidimos jugar a la gallina ciega por separado. Tú eras la gallina de ellos y yo era demasiado gallina para aceptar ser la de los míos. Pero jugamos de todas maneras y sin querer nos chocamos y nos golpeamos la cabeza y fue brutal (y algo bizarro) porque yo sangré mucho y mi sangre te manchó el vestido.

─Hola, me llamo Carlos. Creo que tienes mi sangre, ¿me la puedes devolver?
─Oye, no, tú ahí en la frente tienes demasiada. No seas egoísta.
─Ya, pero esta se está regando por el suelo y necesito esa para vivir.
─Ay, qué malo, encima que me manchas el vestido, encima que arruinas mi ropa, quieres que te devuelva la sangre que me he encontrado. No.
─Lo siento. Oye, ¿cómo te llamas?
─O. Sabina O.
─¿O Sabina, O Sabina, O Sabina, O Sabina, O…?
-Sí.

Así fue, estoy seguro. Y si me equivoco, querida, no importa, ya habrá forma de conocernos otra vez.

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