un anónimo más

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Los lunes nublados y fríos de esta ciudad hacen que Rebeca se reacomode el abrigo como quien se encuentra de nuevo con su alma. La parada del bus la va ocupando la gente y algunos, sin ningún problema, quedan mirando, como estatuas, el frío pavimento que cubre la avenida. ¿Y si el número 35 no viniera?, pregunta ella, imaginando un grupo cada vez mayor de monigotes aglutinándose en la parada del autobús, como pájaros en los cables. Ah, lo que deja hacer la imaginación, suspira ella y se vuelve a reacomodar el abrigo.

-o-

La ventana se empaña por la niebla que cubre la ciudad. El conductor reniega de las noticias que llegan por la radio y mira por el retrovisor a un chico que sonríe mientras lee el periódico. Hay algo de malicia en esa sonrisa, hay alegría verdadera y casi palpable. Una vez más gira el volante en la avenida Principal y detiene el vehículo del bús número 35, luego abre la puerta y deja entrar a un grupo de personas mayores que a ritmo constante y monótono van pasando sus tarjetas.

-o-

– Hola, disculpa que te moleste, pero ¿qué lees? –se dejó escuchar.

– La Máscara de Ripley –contestó ella levantando la mirada algo confundida. Luego miró las manos de él, que sostenían un periódico del día.

– Ah, el talentoso Sr. Ripley y sus andanzas, claro. –dijo él y siguió mirando por la ventana.

Afuera algunas gotas empezaban a caer. Él las empezó a contar en silencio.

– Sí, me gusta mucho la trama policial. –quedó observándolo, y su semblante soñador la cautivó- Yo, ehm, soy… Me llamo Rebeca.

– Mucho gusto, Rebeca. Eres la primera que conozco con ese nombre. Ahora me gusta.

Rebeca se sonrojó y se le marcaron los hoyuelos.

– Tú, ¿qué hay de nuevo en los periódicos? –señaló las manos de él- Te veo algo feliz, debe haber algo.

El muchacho se quitó los lentes y los guardó en el bolsillo del abrigo. Agitó el periódico para poder acomodarlo y le enseñó a Rebeca la primera plana. “Ataque a webs de empresas por la Libertad de Expresión”.

-Esto. Es esto. Verás, Rebeca, toda esta gente aquí, en el bus –señaló a los monigotes, a los ancianos, y al único que niño que cargaba una mochila- depende de alguien, de alguien que tiene un cargo. Nosotros hacemos lo propio al elegirlo y cuando lo elegimos de veras creemos que se hará cargo de los problemas que nos rodean: el desempleo, las guerras, la injusticia social y demás cuestiones. Pero una persona como tú o como yo, ¿cómo toma esas decisiones? ¿No has pensado alguna vez qué conversan los mandatarios en las reuniones diplomáticas? Mi padre tiene una respuesta peculiar pero legítima: “Les llega al huevo”. Y es, Rebeca, que no parecen recordar que hay miles de personas en sus manos, sus vidas, sus futuros…

– ¿A qué vas con esto? –interrumpió.

-En que si nuestras potencias toman decisiones así, sin pensar en las consecuencias, todos sus actos están rodeados de la misma irresponsabilidad e indiferencia. Me sorprende que llamen a un hecho ataque, pero me gusta que al menos recojan la información, es el único diario que lo ha hecho después de todo. Esto debería ser una defensa, una defensa legítima de nuestros derechos en la red, nuestra libertad de difusión, de aprender, de oír… Por favor, dime que has escuchado de WikiLeaks.

– Sí, han filtrado documentos del Gobierno estadounidense.

-Exacto, exacto –la miró y se le iluminaron los ojos- esa información que alguien dejó a nuestra disposición y hemos podido, gracias a ella, ver la verdad, las cosas como son y sin estar a medio contar. Ayer empezó la Revolución, lo grande, el caos que se necesita para que luego se encienda la llama de una anarquía y después hacer lo que la gente, en su derecho, considere justo –la expresión de Rebeca era la de desconcierto, pero no podía dejar de escucharlo, ya había abierto la caja de pandora- Ayer se cometió un acto justo al devolverle los golpes a Visa y PayPal por negarle el servicio a una empresa que ha colaborado con que la información sea nuestra. ¿Luego qué? ¿Debemos temer que alguien que se exprese en un diario sea víctima de un congelamiento en sus cuentas? –ella se preguntaba ahora si debía sentir miedo y gritar- Estas noticias seguirán, es la venganza, la exquisita venganza que hace a los gobernantes tenerle miedo al pueblo, remecer sus frágil ego hecho de mentiras frente al espejo o de humillaciones gratuitas. Es lo que debe ser, y me gusta. No es lo esencial de mi placer que me tengan miedo. Lo que es esencial es que lo mío, lo nuestro y lo que debíamos saber está ahí y a pesar de que Julian Assange, el fundador, la imagen que nos ha traído esa idea, esté detenido ahora explotarán los núcleos que no se quedarán sentados y de brazos cruzados. Es hora de reclamar lo nuestro. Y lo haremos.

Él se levantó del asiento y se paró delante de la puerta de salida. Le hizo un gesto y dijo que la recordaría, que se cuidara y que estuviera atenta porque de esto dependen muchas cosas. Ella se miró la mano después de estrecharla con él y recordó que ni siquiera sabía su nombre.

– Eso no importa, yo solo soy un anónimo más.

Y cuando él salía y se acomodaba un sombrero, ella sacó su tarjeta Visa y la miró con algo de pena.

-o-

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