Noche

Regresando a casa, si es que se la puede llamar así. La fiesta no había no había estado tan aburrida después de todo. Las mujeres ya no saben qué hacer para que uno las saque a bailar. La música, vestidos pegados al cuerpo, sensualidad en la infinidad de escotes. Una que otra mujer esperando en su propia habitación, para que la honre con mi presencia. Y para variar, finjo sonrisas amistosas, hago uno que otro comentario, con un chiste del cual todos se ríen sin entender, reparto miradas penetrantes a las bellas, pequeñas, maduras y prominentes mujeres de quienes me puedo asir de más poder. Del cual ya me hostigue. Pero regreso con la satisfacción que llevo un vino. Un vino en mano, uno de color sangre, de los que narra Ribeyro en sus cuentos, uno de esos vinos bien sellados que, para abrirlos se tiene que dar por lo menos un simposio.

A mi poco me importa el ritual que tenga que hacer. Solo necesito beber. Tomar, sentir, convencerme que es sangre. La sangre de la que quise una vez beber. Para salir del gran salón, presente una que otra tonta excusa, que sin importar que tan falsa suene, siempre es creíble. Camino hacia la gran puerta tratando de evitar la mayor cantidad de “muelles” y deseando correr. Agradezco en silencio, mirando el cielo tan oscuro; como si fuera mi vida; haber llegado a la primera esquina en la que me escabullí.

Me saco la corbata, que me tomo 15 minutos ponerla en la posición ideal, desabotono la camisa desde el botón del cuello y 3 botones más abajo. Sale una fragancia, que según dicen atrae, aunque yo nunca la he olfateado. Solo sentí el aire frio y sucio entrar a limpiarse en mi. Fui precavido y deje el saco en una silla en la reunión, así me evitaba cargar con ese peso innecesario como si de una cruz se tratara.

La calle es larga, qué más da, caminare hasta donde pueda, quiero tomar, morir, y nunca saber que me mato. Quiero probar ese vino que recién empiezo a sentir en mi mano largucha y delgada. Pesado conjunto de moléculas que forman un simple vino, quiero pensar que eres la sangre que mi amada dejo caer por mí.

Los perros aúllan. Luna llena, la miro y me quedo de esquina en esquina tomando un sorbo del más aromático, delicioso, dulce, delicado vino. Del cual no sé cómo, ni con qué fuerza abrí. Las primeras gotas que vi en mi camisa Jhon Holden, dejaban sus huellitas y desaparecían. La etiqueta ya no importaba, estaba solo e iba hacer mi última noche. ¿Mañana? No existiría mañana, al menos para mí. Los perros, totalmente fuera de lugar me miraban con ojos cristalinos y comprendían mi vacio, movían la cola, lloriqueaban, tratando de consolarme y se esfumaban. Por una vez en mi existencia no pensaron en atacarme.

La calle estaba bien iluminaba. Renegando por ello, deseo que haya un apagón, que las luces se vallan, que no puedan ubicarme. Un paso después quedo en la penumbra, la luz de la fiel luna queda haciéndome compañía. Un paso más, bebo un poco más, otro chorro se desliza por mi garganta, se siente bien, se siente libre. Sale una sonrisa que es más una mueca diabólica que la clásica y detallada muestra de mi blanca dentadura.

–          Sabes, no se siente tan mal ser tu amigo y a la vez tu asesino- decía la sombra, sin lamentárselo, saliendo de un callejón.

Pasee mi mano por mi cabeza, al igual que un sinfín de ideas que una con otra no lograba conectarse. Aquí viene lo interesante de ser humano. Tienes un curioso detalle por la supervivencia que comparada con la que tienen los animales es débil. Ellos siempre saben qué hacer y lo hacen a pesar que no comprendan lo que es el tiempo, al menos no de una forma total. En cambio, uno mira el pasado, lo compara con el presente y se imagina el futuro. Básicamente eso nos ayuda a proyectarnos a largo plazo.

–          Te perdono- tome un sorbo del preciado vino que ahora en verdad, se tornaría en sangre.

-o-

El reloj marcaba en la oscuridad 6 minutos para la hora tercera. Las calles estaban cubiertas por un capa de niebla que parecía proteger todo en alrededor. Solo un fiel sirviente se queda hasta tan tarde esperando a su amo y este no es el caso. El Asesino despiadado, empuja débilmente la llave en la puerta. Camina como ebrio pero aun esta en sus cabales. Se esfuerza por no hacer sonidos que pudieran despertar a la servidumbre cual sueño provoca un silencio funerario en la mansión. Pasa por la sala observando los cuadros pintorescos, las cabezas de animales colgando en la pared, jarrones floreados, arreglos florales que brillan en la noche a través de las ventanas que dan al jardín. Sube las escaleras con cuidado de caer, todas las luces están apagadas. Mira por los pasillos, como perro que está buscando su hueso. Respira, olfatea, reconoce y sigue el rastro aromático que solo el aire puede contener. Abre la puerta del dormitorio y una pequeña lámpara cerca de la amplia cama ilumina su cuerpo hasta la mitad.

–          ¿Lo mataste? – pregunto ella a voz que transmite alegría. No hubo respuesta. La Esbelta mujer salió de la oscuridad a echarse en la cama mirando el rostro a oscuras de su compañero.

–          ¿Qué pasa?… Respóndeme- Otra vez el silencio. Esta vez hablo con más fuerza, pero sin perder su delicadeza. El hombre deja la casi vacía botella vino en la mesita de la única fuente de luz que hay en el cuarto. Apaga la lámpara.

–          Aun te quiero- Dice el, acercándose a la dama que es tomada por sorpresa cuando pensaba responderle. La silencia con un beso que llevo a otro mas profundo y consecutivamente hasta los incontables que se dieron.

Ya no era ella y el. Era la oscuridad total la que los unía e involucraba en un juego difícil de escapar.

Los primeros rayos solares que entraron fueron acompañados por  la voz del amo de llaves que llamaba a la puerta. Melisa estaba profundamente dormida con la sonrisa imborrable que lleva. Aun más bella que costumbre, a pesar de la agitada noche. Otra vez la puerta.

Se Levanto, giro el cuello vio a la bella dama, quería volver. La puerta nuevamente.

–          Maldición ¿Qué pasa Guillermo?

Maldijo su vida. Y lamento haber matado a su amigo ayer. Hubiera dejado que me lleve a mí- se dijo para sus adentros.  Le echo la culpa al vino que bebió,  al invencible deseo de tomar la sangre de su amore, a la dama que ahora sin vida, tendida en su cama quedaba.

–          Señor, perdone usted. Solo quería recordarle que hoy es domingo. Hay misa y no es de muy buen gusto que el Cardenal Matias Obispo de la Barca ; el Cardenal más admirado de la ciudad, llegue tarde.

Sangre
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