9:50 de la mañana

Lo vi morir.

No puedo hablar del lugar ni de las razones y circunstancias que me llevaron a aquella acera fría. Más que no poder, no quiero hablar del lugar ni de las razones y circunstancias que me llevaron en aquel fatídico momento a esa acera fría. Aunque más que no querer, sería totalmente innecesario señalar el lugar, las razones y circunstancias que me mantuvieron ahí; como observador pasivo de aquel espectáculo. Ya que para entender que alguien o algo ha muerto, nada de esto al final cuenta. Sin importar el lugar, las razones y circunstancias todos y todo muere.

Un ruido seco y una pequeña queja tras la caída de un tercer piso fueron suficientes. Estoy más que seguro que se rompió algunos huesos, estos hicieron daños catastróficos en varios órganos; de forma particular los pulmones. La dificultad para respirar, la ausencia de gritos de dolor y pequeños movimientos de sus extremidades indicaban que la suerte estaba echada.

El cuerpo empezó a convulsionar, la boca que se había tornado roja empezó arrojar la sangre que podía, las convulsiones se hacían más fuertes y empezó a girar sobre su eje. El arco de sangre que se había creado sobre la acera era la prueba irrefutable de la causa de muerte. Asfixia.

Cruzo la calle con paso firme y sin dejar de mirar al cuerpo aquel, que tendido en toda la esquina parece algo común.  Tal vez fue un accidente me digo, pero desbarato la idea por otra más idealista, un suicido. Quizás también se asqueo del mundo que lo rodeaba y sin pensarlo encontró atractivo el salto. Aunque rápidamente todo cambia cuando concepciono algo más macabro, un asesinato. Y con cierto odio levanto la mirada acusadora, busco, pero el cielo nublado y la cabeza de un perro observador es lo único que encuentro aparte de esa horrible casa.

Sin darme cuenta suspiro un: “amigo”, junto con una mirada que puede postular a compresiva y generosa. No lo conocía, quizás lo había visto en algún lugar, pero no me interesaba. Es más, si lo hubiera encontrado hace media hora no me hubiera despertado el más mínimo interés. Pero ahora salía de mí, en medio del aire que se empezaba a saturar, el olor de la sangre y transeúntes desinteresados, un suspiro que esperaba enlazarse con su espíritu.

Era joven, tenía cosas que hacer, personas que alegrar al igual que personas con quienes pelear, comidas que disfrutar y por qué no, otras cosas que gozar.

Ahora me voy con mi única y mezquina gota de consuelo, que es pensar que fue la primera y última vez que murió.

Dejo la acera ensangrentada en medio de la enorme cantidad de perros que desde sus respectivos pisos le ladran una canción, aún más enorme, de despedida. Tal vez ellos saben adónde van los cachorros cuando mueren.

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