Abstinencia

La hora se acerca y compruebo cuán rápido puede latir mi corazón. Los minutos siguen pasando, aunque lo que debería pasar es el conflicto que se genera en mi mente y que va provocando estragos por mi cuerpo.

La respiración se acelera junto con mis pasos; estos van ampliando el radio de los círculos que son dibujados sobre el suelo,imaginando que tendrá un efecto relajante. No es necesario que pase mucho tiempo para que la idea de relajamiento se esfume con las primeras gotas de sudor. No es nerviosismo, lo tengo claro. Y aunque la impaciencia domina, ninguna responsabilidad me llama, no hay un deber que cumplir, no hay un juramento que honrar. Pero va siendo la hora y no estoy donde debo estar.

Cuando me doy cuenta que no lo estaré, me detengo. Mis ojos vuelven a su posición original y fijan ruta al asiento más cercano.Recupero el color de forma progresiva y considero encender un foco, pero la oscuridad se me hace atractiva, es un día extraño. Encender una fuente de luz sería traicionar mi deseo que una mujer apareciera de entre las sombras y que solo me hable con su cuerpo.

Paciente espera comienza, mientras que me veo allí, en aquel parque, sentado en esa banca fría y tosca, que al parecer solo se me hace soportable porque es verde y sucede que este color siempre me ha sido un consuelo. O tal vez sea también, por los curiosos eventos que suelo ver y al ser recordados dibujan sonrisas cada vez más pronunciadas. Pero ante todo, es la bella ilusión que mantiene vivos a hombres desdichados desde tiempos remotos, que es ser amado por quien uno ama.

Debo retomar el control. Hago un esfuerzo y así lo hago; la película continua donde el reloj decidió que parara. La trama es una burla a mis emociones, así que me voy riendo de ellas hasta que llegan a mi estado actual y paso a examinar las emociones que sentiré. Concluyo que en cualquier momento un “yo” futuro atravesará mi puerta y con la voz más potente que hasta el día de hoy no he alcanzado, exigirá que vaya y haga todo lo que en mis manos esté hacer.

Nada de esto sucede; así que concluyo que mi “yo” futuro al igual que el yo moderno saben que nadie irá. Que la gente no tendrá a quien juzgar por pasar tiempo libre convertido en una estatua, que no habrá miradas preocupadas, y más que eso asustadas, que traten de distinguir entre las prendas oscuras y pesadas que engrosan aquel cuerpo decadente, que aquel pequeño perro, fiel compañero, hoy tendrá un descanso y que lo que le da y quita importancia a todo esto no va a ir. Ella no va a ir. Porque está lejos y esta es mi excusa para no ir. Y esa excusa duele.

La hora llegó y la abstinencia no sabe de circunstancias, solo entiende que uno debe estar donde debe estar, con quien debe estar.

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