1. e4 …

¿Por qué tengo que perder ante este idiota?. (GM A. Nimzovich)

Presumo que alrededor de los 8 años fue mi perdición. Después de pensarlo muchas noches, concluyo que debí quedarme como observador curioso, salir de la cola, dejar de insistir y evitar a lo que muchos años después entraría a mi lista de vicios insaciables; que a falta de experiencia y pericia no vi venir.

Hay cosas que uno espera de forma demasiado ansiosa y tal es así que, cuando llega al fin, simplemente olvida el plan. (si es que hay alguno) Me sientan en la desbalanceada banca y antes que pueda ajustar los cordones de los anteojos, mi contrincante ya hizo su jugada. Los murmullos, miradas expectantes y mi turno. En honor a mi honor, obviaré lo que hice y me limitaré a recordar el regreso de los murmullos, miradas más ansiosas y otro de mis turnos. No sé si tenía una idea de lo que hacía, quizás solo hacía lo que hacía porque lo hacía y sin darme cuenta otro movimiento se había consumido. La inducción dicta que haya la creación de una regla a partir de sucesos particulares, pero los murmullos y lo que vendrían a ser ojos salidos se sus cuencas son reemplazados por un silencio de acuerdo tácito. Esto debió advertirlo, pero ni corto ni perezoso me apresuro sobre el tablero. Segundos después descubro que nadie mostrará piedad cuando entre carcajadas y aplausos el mundo se decida a pedir sangre. Check Mate. 4. Df7#

La revancha es la forma sutil de la venganza, es la negación y la inmediata reacción a la derrota. El otro camino es olvidar. Un olvido que me duró un par de años. Hasta que me vuelvo a sentar frente un tablero a presenciar mi siguiente derrota, aún más catastrófica que la primera, siendo necesaria y meritoria una revancha que luego de varios años aún no llega. Las negociaciones del cuando y dónde no se terminan de concretar. Y misma Corea, la tensión es permanente, aunque familiar tras décadas de espera.

El juego se volvió algo personal, una muestra de superioridad, una suerte de ideología rusa del siglo pasado. Las piezas se tornaron una extensión de mi voluntad, la tensión en el tablero debía ser aprovechada al máximo para que el contrincante dudara de lo que hiciera cada momento, cada movimiento debía ser amenazador, buscando hacer cortes a una piel que no sangraba pero que se estremecía al sentir el acorralamiento de su rey. La convicción era vital, saber que las cosas transcienden a un mero juego y quién sea el primer en pensar lo contrario, ya habría perdido. Volcarse de lleno en cada espacio conquistado, atento a nuevos lugares donde invadir. Podría decir que un análisis psicológico daba menos información de lo que conseguías viéndome en mi habitad natural. 64 casillas, ni más ni menos.

Gufeld decía que para el ajedrecista el ajedrez es la vida y cada partida es una vida nueva. Y todo jugador de ajedrez suele vivir muchas vidas. Y no es el único que trae esto a comparación. Del juego ciencia, del juego arte, del juego todo, del juego vida. Se ha dicho mucho y aunque esto última comparación me parece atrevida, no está corta de razón.

Así que como esto último merece un poco más de explicación, retomaré con lo que todo comenzó hace varios años.  Ahí va mi apertura predilecta, mismo Fischer, me abalanzo de lleno. 1. e4 …

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