Sucederá

Estoy de pie frente a esa puerta que he visto innumerables veces y he cruzado solo unas cuantas. Es común, no tiene nada de especial a primera vista, pero al llegar la noche y al encenderse las luces del interior, que son suaves y relajantes, lo cual es una opinión personal claro está; transmite la sensación que cruzarás un portal hacia un lugar cálido, placentero, gratificante y satisfaciente. Pero no es de noche, y no hay una luz amarilla de tono suave, ni está el portal, solo la puerta que suavemente va siendo abierta para dar paso a unos ojos brillantes que reaccionan a las primeras luces de la mañana. Algunas aves hacen su saludo matinal, lo cual me permite llegar con una especie de coro, lo cual al mismo tiempo prepara el momento para que me haga un gesto con el brazo llamándome, después de frotarse los ojos, y vaya presto al abrazo que inicia el día. Y esto sería un inicio habitual sino fuera por lo que denominan un presentimiento, de manera popular; corazonada, la versión de las madres, o como lo podrían decir algunos escépticos: el resultado de un conjunto de ideas y procesos mentales que el cerebro confunde como realidades.

Felizmente las ideas ajenas duran poco al lado de ella. Después de algunas preguntas de rigor y dejándome con ganas de continuar el abrazo por todo el pasillo, nos disponemos en la sala. La que es lo suficientemente cómoda para nuestras actividades habituales, como es la de armar rompecabezas y construir cosas. Una maravilla del mundo por aquí, otra del mundo antiguo por allá, quizás una arquitectura por aquel lado. Mientras que en cada armable voy viendo que tan mal se me dan aquellas cosas, voy enterándome de esa marca en la piel que le dejó la almohada, el cabello que insiste en no quedarse tras su oreja, y el tentador mover de sus labios. Estoy seguro que habían palabras en ellos, pero renuncié a entender cuáles eran cuando se acercaron demasiado y les dí alcance con los míos. Y nos sumergimos en el silencio de suaves caricias, mientras que poco a poco una respiración agitada y sincronizada reemplaza el crujir de los cartones que ahora están dispersados en el suelo. Los labios se separan para extrañarse y se vuelven a buscar, chocándose y amortiguándose. Se rozan, juegan, muerden y se encargan de acariciarse de formas que van despertando cada músculo del rostro, comprobando que no hay mejor droga que aquellos choques que ya involucran a nuestras lenguas.

Creo que aplasté algo al momento de inclinarme sobre ella, quién dejándose hacer, recibe el recorrer de mis manos con suspiros. Las yemas de mis dedos empiezan a dibujar el camino por su cuerpo desde su cuello, al cual de cuando en cuando hago incursiones para darle besos y recorrerlo dejando una fina marca de agua; y de esta mis manos siguen el sendero hasta sus prominentes pechos, que en honor a la verdad me tomé el tiempo de dejar en claro que era territorio no negociable. El final está en el horizonte, supongo que alguien debe haber dicho eso antes. Y siguiendo esa premisa me desapego a la sensación de suavidad para seguir bajando por su vientre mientras recorro todos los tramos con los dedos, cada uno siendo independiente del otro, pero todos dejando una marca firme cual seguir. La agitación sigue en crecimiento, y hay mucho trecho que recorrer aún. Ella permanece recostada sin oponer resistencia ante mis caprichos, hasta que su entrepierna siente, por encima de las prendas, la presión de mis dedos viajantes causantes de un estremecimiento seguido de un arrebato de un beso mucho más violento.

Sus muslos son de fácil captura, y me aseguro de ser un opresor gentil. Para luego llegar hasta la punta de los pies y dejar algunas muestras del pulgar. Retornando de forma inmediata por sus piernas, rodeándola con toda la palma y apretando sus glúteos, sintiendo la simetría de estos que van siendo de las últimas ideas que recuerdo, antes de ceder totalmente al libido. En donde no demoro en caer. Y es que toda analogía bélica desaparece cuando veo su rostro jadeante, y una mirada decidida a contraatacar.

Va por mi cuello de forma contundente, recorriendo el camino hasta mis oídos donde provoca un pulso eléctrico por todo mi centro nervioso. Me siento desarmado y paradójicamente la presión en mis pantalones indica que estoy totalmente preparado. Se pone de pié, y terminamos en la habitación. He de firmar la capitulación, soy suyo y ella es completamente mía. Sus ojos me lo dicen y el rubor de sus mejillas y el sudor entremezclado de nuestros cuerpos y su mirada extasiada que no hace más que provocarme más y el vaivén de sus pechos y el calor de su cuerpo y el brillo de su piel y los jadeos que siguen haciendo eco y sus pupilas dilatadas que me llaman a recorrer su piel, por cada una de las sendas que me encargué de dibujar y la humedad de nuestros miembros que parecen haber esperado una vida para terminar en un clímax en el fondo de un pozo de líquidos brillantes entremezclados por el movimiento de nuestras caderas.

All this feel good, feel right.

El reloj marca un poco más de las 9 de la mañana, cuando ese extraño presentimiento inicial retorna avisándome que algo sucederá.  Sé que algo pasará, pero mientras ella se recuesta caprichosa a dormir, me arrebata cualquier pregunta del qué y del cuándo. La acaricio ligeramente, tratando de imitar una corriente de viento, le deseo el bien en un susurro y me decido dejarla descansar. Así que ahora la sigo en el camino del sueño hundiéndome en sábanas, para concluir que esa es la sensación con la que me debo quedar,  la sensación que acabo de cruzar un portal hacia un lugar cálido, placentero, gratificante y satisfaciente.

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