La privacidad en el siglo XXI

El mundo había pasado los grandes cambios de las revoluciones industriales, los grandes avances tecnológicos que nos dejaron las 2 primeras guerras mundiales, la aparición del teléfono, la televisión, la computadora personal, el Internet junto con las mejoras en procesadores y microchips dejaban en claro que la era informática traía un gran cambio consigo. La interdependencia de naciones en materia económica, la sociedad y las culturas que se entrelazaban mediante el expandido sistema de comunicaciones en el mundo, hizo que ya ningún país quedará completamente aislado. Lo que provocó que para el año 1999 el Informe sobre el desarrollo humano de la Naciones Unidas dijera: “La vida de la gente de todo el mundo está vinculada de manera más profunda, más intensa y más inmediata que nunca antes. Esto abre muchas oportunidades, da nuevas posibilidades de bien y de mal”

En la actualidad, las personas, alrededor del mundo han renunciado de forma voluntaria y contenta a su privacidad, a lo íntimo, a lo discreto. Y siendo objetivos, no hay más opción que hacerlo. El desenfreno dado por las apariciones de nuevas tecnologías,  una población acostumbrada a las ilusiones de privacidad y seguridad, la ineficiencia de leyes reguladoras e impracticabilidad de las mismas en este campo, sumado a una sociedad cada vez más volcada a lo externo, lo práctico que resulta que todo esté almacenado siendo todo ello el anuncio de la renuncia necesaria a nuestra privacidad.

La televisión, ha llegado a todos los hogares. Se instaló en el núcleo de nuestros hogares para mostrarnos imágenes en tiempo real de otras partes del mundo, ser parte (espectadores) de la experiencia de grandes acontecimientos, y en medio de todo ese proceso durante las últimas décadas nos ha probado sin lugar a dudas, que la privacidad, lo íntimo, es un bien intangible que reporta grandes dividendos cuando es correctamente explotado. Desde saciar la satisfacción de muchos al dar información inaudita y exclusiva de personas de fama mundial, hasta crear personajes e historias televisivas que llenen ese morbo por saber lo ajeno. Desde la farándula local, de escándalos y chismes hasta los programas más vistos en el mundo donde un cantante de rock confiesa su adicción a las drogas o una actriz su embarazo. Nunca es suficiente, el público ha sido condicionado a pedir siempre más y a aceptar información inútil con tal de saber de los otros. Los programas reality, talk show, de farándula, de convivencia y todas sus variantes, venden lo que mejor saben hacer, despojarse de su privacidad y convertirse en “personas de carácter público”. A tal grado se ha expandido esta facilidad de exponer la intimidad de las personas, que incluso las mismas notas periodísticas no se centran en el hecho y el suceso, sino a contar la vida de las personas afectadas. Ya no se trata de un terremoto y lo de que las autoridades no hicieron y un destape de corrupción, ahora se trata de la señora fulana que tiene 5 hijos y lo perdió todo, seguido de un impactante reportaje de su vida. Lo privado se convirtió en el pan de cada día.

La conexión, ese “vínculo profundo” establecido por medios como el Internet, hacen que dar un clic sobre un aceptar sea mucho menos doloroso que ver 10 páginas de un contrato aceptando renunciar a tus fotografías y que la empresa pueda usarlas como bien le parezca, al igual que tu información personal. No interesa que nuestra constitución en el capítulo I artículo 2 bajo varios incisos insista en la protección a nuestra privacidad y derecho a la intimidad o que organismos internacionales como la UNESCO declaren que el derecho a la privacidad es la base de los derechos civiles, cuando lo primero que hacemos es firmar aceptando todo lo contrario.

La oportunidad que nos muestran las redes sociales como Facebook, son encantadoras, tener un círculo de amigos y compartir con ellos información al mismo tiempo que ellos lo hacen, y manteniendo la oportunidad de conocer gente nueva, incluso personas fuera de nuestro continente. Y quien no esté dentro de la red, es visto como una especie de apátrida social, un foráneo y ajeno a la sociedad. La presión social es fuerte, si quieres estar al tanto de los eventos, de los últimos comentarios sobre el fin de semana, o no ser el último en enterarte de lo que sucedió a tal o aquél persona, debes estar dentro. Nadie te llamará a comentarte los sucesos, debes ser parte de la red. Y serlo implica, compartir, publicar, ver y explorar, para eso estás ahí al fin al cabo. En Internet la definición de lo que es privado está sujeto a si se realizó un cambio en alguna configuración. Y aún si alguno lo hiciera, se sigue sumando a la lista de una gran base de datos de cierta empresa, que luego será dado a otra para propósitos comerciales, ya sea de publicidad, o estadística. La expansión de las redes sociales ha sido tan agresiva que no ha dado tiempo siquiera a aprender los cuidados mínimos que se deberían tener, han creado una zona de confort en el ciberespacio. Ya nadie se pone a pensar de qué forma se usarán sus datos, o si siquiera podrá borrarlos. Casi nadie elimina una cuenta de una red o página para emigrar a otra. Y es casi nula la cantidad de personas que envían una carta pidiendo el borrado explícito de su información. La premisa es dejar que otros se encarguen de ello, algún grupo activista, o una entidad reguladora. La irresponsabilidad hacia la propia privacidad se responde con un desinterés desmedido. Incluso están los ingenuos que piensan que por eliminar cierta información está ha desaparecido del mapa. Gwenn Schurgin O’Keeffe en su libro CyberSafe explica: “Lo que ponemos en el ciberespacio nunca desaparece del todo. Debemos verlo como algo permanente, pues siempre habrá por ahí una copia. Sería absurdo creer lo contrario” Y esto no va a cambiar, a la radio le tomó 38 años captar 50.000.000 de usuarios; a la televisión le tomó trece, y a Internet, solo cuatro. Mientras que Facebook captó más de 200.000.000 de usuarios en un período de 12 meses. Nadie parará la adrenalina de estar conectado 24/7 y nadie quiere que pare. Las redes creado la necesidad de ser notado y visto por la mayor cantidad de gente posible. Ahora puedes compartir los lugares que frecuentas, compartir tu ruta hacia tu casa, e incluso permitir que tus contactos te geolocalicen por el móvil. La popularidad ya no se mide por tus logros alcanzados sino por las veces que fuiste visto en la red. Es irrelevante el contenido, importa que eres visto por miles, y el resto solo los seguirá. Lo privado se ha convertido en un antónimo a la red, e irónicamente esta predica que protege la privacidad.

Hoy en día es imposible no usar internet. La navegación es necesaria para muchas ocupaciones, pero si quieres hacerlo debes sujetarte a las normas y políticas de la web que visitas. Muchas páginas te dicen que mientras que permanezcas en línea recolectarán información, pero claro, no debes preocuparte de ello, es solo para ellos y únicamente para ellos. Las agencias de turismo consiguen a quienes hacer ofertas de viajes, que son proporcionadas por aerolíneas. Las agencias de trabajo, mantienen la información de CV por años, incluso cuando la has eliminado de la red. Las operadoras miden tu consumo y así ofrecer mejores planes, miran tu navegación y de esa manera personifican los avisos publicitarios. Pero por supuesto, uno debe creer, que la información recolectada es solo para “ellos” que todo es por tu bien, así que no te molestes y asienta la cabeza. Disfruta lo que te dan. Ya no se trata de elección, no se trata de poder apagar o cambiar el canal en la televisión, ya no se trata de aceptar las condiciones de una red social. Ahora todo se resume en un tirano: “Dame tu información o vete de aquí”

Algunos navegadores han desarrollado versiones privadas de sí mismas, pero siempre aclarando que tu proveedor de servicios mantiene el historial de tu navegación. La bandera en nombre de la seguridad se flamea en alto, nunca se puede dar carta blanca a un ciudadano, todo está cuantificado y cualificado por una serie de medidas proteccionistas. Un buen ejemplo de sacrificar la privacidad por seguridad se vio tras uno de los más famosos atentados terroristas de los últimos tiempos; “Desde el 11 de septiembre, las encuestas revelan que el 86% de los estadounidenses se muestra a favor de una mayor utilización de los sistemas de reconocimiento facial, el 81% quiere un mayor control de las operaciones bancarias y con tarjetas de crédito, y el 68% ve con buenos ojos la creación de un documento nacional de identidad” informaba la revista BusinessWeek. Irónicamente los que más se preocupan por su privacidad son los que quieren hacer mal uso de ella, cosa que obliga a los gobiernos a mirar con lupa indiscriminadamente a sus ciudadanos. Los problemas mundiales en temas en seguridad incitan a la gente a creer que documentos que registren toda la actividad e historial de las personas, será un punto muerto para ellos. Sacrificar la privacidad por seguridad es el nuevo debate. La privacidad es una libertad, y como tal, está en nosotros decidir cómo ejercerla y darle uso, cuidarla y hacer que sea respetada.

La lista de cuestiones continúa, ¿hasta qué grado mi historial médico es secreto? ¿cómo es que los delincuentes consigan mi número de cuenta bancaria? ¿cómo es posible la existencia de bases de datos a la venta? ¿Por qué aparece mi información en Internet si no soy usuario? Las repuestas siguen apuntando a un solo hecho, la privacidad es algo a lo que hemos renunciado ya sea voluntariamente o de forma forzosa. Nadie la puede garantizar, ni siquiera, en la mayor parte de las situaciones, nosotros mismos. Las nuevas generaciones parecen pensar que privado es solo esa opción en la esquina superior de la pantalla que usas cuando quieres que una persona en particular no te vea, mientras los otros 999 te ven perfectamente.

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